Llegas a Roma y no extrañas para nada a México pues los italianos, sin ofender, son muy parecidos a nosotros ya que conversan a gritos, manotean, se apasionan por casi cualquier cosa y saben vivir bien dentro del caos imperante, de tal manera que fue natural que mi equipaje no estuviera en la terminal aérea Leonardo Da Vinci, así que, luego de dejar mi itinerario con la esperanza de que mis pobres pertenencias me alcanzaran en algún lugar, me apersoné en la llamada ciudad eterna y, sin cambiarme de ropa, luego de hospedarme, tomé un taxi y me adentré en un fascinante viaje al interior de mí mismo.
En las entradas de los hoteles, en los restaurantes, en los edificios históricos, en los departamentos, en los lugares públicos y privados está siempre presente la imagen de Jorge Bergoglio, mejor conocido como El Papa Francisco, quien gobierna a la iglesia universal y cuyo carisma (y eso que es argentino) ha impactado en millones de personas de todo el mundo; aunque ya había estado hace años en el viejo continente, nunca había ido a Roma y no pude sustraerme al impacto de los edificios y monumentos venerables desde le Basílica de San Pedro, la parroquia de San Juan de Letrán, los remozados templos griegos y el río Tíber que atraviesa la capital italiana a cuyo puerto llegaban durante siglos los productos de todas las tierras dominadas por los Césares.
Con el sueño acumulado durante el vuelo (Monterrey-Houston-Frankfurt-Roma) apenas me alcanzó la energía para llegar al Hotel Aurelia donde dormí siete horas seguidas para despertar como si hubiera nacido ahí, dispuesto a ver todo lo que fuera posible con mis ojos miopes y arrancó el periplo, ya con una guía (Leonora), guapa italiana cincuentona que sabía mucho de historia y geografía y nos condujo durante horas de ensueño desde nuestro hospedaje romano hasta la mismísima Capilla Sixtina; mis modestos estudios de Sociología provocaron en este punto una reflexión acerca del problema demográfico de Europa cuyos países, en conjunto, tienen un territorio equivalente al de Brasil sólo que en el viejo continente tienen tres veces más habitantes que el gigante sudamericano y eso se refleja en sus grandes ciudades como Roma donde millones de turistas, incluyendo miles de japoneses, rusos, chinos y latinoamericanos hacen largas filas para ingresar a los museos o a las zonas arqueológicas.
Lo anterior se materializó en la visita al lugar más emblemático del Vaticano (la entrada al museo cuesta 16 euros por persona) ya que se hace una fila larguísima y se espera turno para admirar las pinturas de Miguel Ángel aunque vale la pena ya que es impresionante ver a cientos de personas de todas las nacionalidades mirando el techo durante minutos con la boca abierta y sin poder expresarse porque los guardias suizos exigen silencio; el recorrido al centro histórico romano dedicó buen tiempo a bordear el Tíber, incluyendo al viejo barrio de Trastévere donde se encuentran muy antiguas construcciones donde abundan los restaurantes pequeños que ofrecen deliciosas pizas, pastas y otros manjares de la cocina italiana a precios razonables, además, para los amantes de las emociones fuertes, dicen los que saben, que en ese sector existen siempre posibilidades de sufrir un amable asalto (lo de amable es porque en Roma no hay atracos violentos pero si descuidas tus pertenencias, desaparecen en segundos).
Más tarde se hizo la visita obligada a la fuente de Trevi que estaba sin agua pero aun así muchos visitantes arrojaban sus monedas pues la leyenda indica que si haces eso, es más probable que algún día regreses a ese lugar; muy cerca de la fuente está un barrio muy exclusivo donde hay oficinas de organismos nacionales e internacionales; ahí estaban las embajadas de México, Argentina y Brasil; ya que me atreví a compartir brevemente parte de las vacaciones, déjeme decirle que al día siguiente partimos a Nápoles en el extremo sur de la península donde admiramos el Vesubio, famosísimo volcán vivo que hace décadas en una de sus erupciones, sepultó a varias poblaciones; es majestuoso en pleno centro napolitano el castillo edificado por los reyes de Aragón pues los ibéricos fueron dueños de esta zona incluyendo Sicilia y las islas aledañas.
Muy cerca de Nápoles está Pompeya que fue fundada hace casi dos mil años pero estaba sepultada por el Vesubio y ya restaurada es ofrecida a los visitantes como el platillo fuerte del sur de Italia, aunque fue fundada por los griegos, como una localidad marítima donde es posible ubicar la zona residencial, las plazas, monumentos y los célebres lupanares (donde moraban las lobas que aullaban para atraer a los marineros) que describiré en otra colaboración.
Aquí abro paréntesis para felicitar a Guillermo Villarreal Caballero por el XXX aniversario del periódico La Verdad de Tamaulipas que se conmemoró con un desayuno con la presencia de reporteros y editorialistas; el Secretario del Trabajo Rolando Guevara González, representó al gobernador Egidio Torre Cantú.
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