Viajó desde Honduras hace un año, pero se entregó al INM

Nuevo Laredo, Tamaulipas.- Hace un año que Kestin Daniela, una adolescente de 15 años, salió de San Pedro Sula, Honduras, y no pensaba retornar, ya que deseaba cruzar la frontera para trabajar en algún lugar de Estados Unidos, hasta que se entregó voluntariamente al Instituto Nacional de Migración (INM), aunque en ese tiempo trabajó en Nuevo Laredo, limpiando casas.

Antes de abandonar su país, le ayudaba a su padre a vender en las calles frituras y palomitas, o ‘alborotos’ como ella dice, para el sustento de su numerosa familia integrada por otros 11 hermanos, 10 de ellos mayores y solo uno menor que ella.

Debido a la extrema pobreza en que vivía, decidió salir de su país, convencida por una tía que le pidió le acompañara en esta aventura, aunque antes les dijo a sus padres, que se negaron, pero aun así decidió abandonar su familia y su país, en busca de lo que miles de hondureños hacen cada día; buscar una mejor vida en otro país.

“Cuando les dije a mis papás que quería irme a Estados Unidos, no me creyeron, pero mi tía me convenció de que nos viniéramos porque ella me ayudaría a cruzar la frontera, y aquí estamos”, menciona en el interior del Centro de Atención a Menores Fronterizos (Camef), del sistema DIF municipal, de donde será repatriada a su país.

Pero su tía, al igual que Kestin, no conoce la frontera y nunca la ha cruzado, pero es 15 años mayor, por lo que en agosto del año pasado emprendieron su aventura, y durante todo ese año vivieron y trabajaron en esta frontera, para juntar dinero y poder pagarle a un coyote para que las cruce, pero de tantas penurias vividas, decidieron entregarse al INM, porque no aguantaron más lejos de su país y de sus familias.

Un viaje sin problemas

Cuando salieron de Honduras, no tuvieron contratiempos en cruzar la frontera con Guatemala y México, ya que su tía pagaba para que no fueran detenidas, y para evitar subir a la ‘Bestia’ abordaron varios autobuses durante cinco días, hasta que llegaron a Nuevo Laredo, en donde su tía de inmediato comenzó a trabajar como doméstica.

“Comenzó a trabajar en casas, en la costura. No tuvimos ningún problema en nuestro camino, porque viajamos en autobuses para evitar ser asaltadas”, refiere.

Pero a diferencia de otras jóvenes como ella, que salieron de Honduras por la extrema violencia y la inseguridad, a ella le motivó abandonar Honduras por la extrema pobreza en la que vive su familia.

Y es que su padre gana con la venta de ‘alborotos’ unos 600 lempiras por semana, algo así como 352 pesos mexicanos, lo que es insuficiente para mantener a una familia como la de Kestin, pero en ese tiempo no cruzaron el río Bravo.

“Queríamos cruzar solas por la madrugada, pero decidí entregarme sola porque ya no aguanté estar sin ver a mi familia”, menciona mientras espera el momento para su deportación, aunque antes las autoridades del sistema DIF deberán localizar a sus familiares en Honduras.