Buscar la calidad, una premisa

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Entendemos claramente que para que cualquier instancia social, en el ámbito científico, cultural o de cualquiera índole requiere de aplicar mejoras para crecer, para ser mejores… para ser útil.

Y aunque hay muchos que se dedican a vivir de los presupuestos oficiales en todos los renglones, hay siempre un grupo que se dedica a buscar esos instrumentos que deben aplicarse para mejorar: son los investigadores los que llevan a cabo estas tareas que les permiten vincularse con los demás, o como dicen los informes políticos: “establecer estrechos vínculos con la sociedad”, que para el caso es lo mismo.

Y pese a lo que algunos enemigos del progreso y de nuestra gente lo critican, no podemos negar el importante avance que ha mostrado la Universidad Autónoma de Tamaulipas al crecer en forma significativa su número de doctores en casi todas las disciplinas de su influencia; cierto, existen algunos vividores que han obtenido el grado a base de trampas, de simular haber realizado su tesis de grado o de haber comprado los estudios, pero afortunadamente, casi todos tienen un compromiso que nadie establece.

Por lo general, al concluir este nivel de estudios somos gente que quiere seguir haciendo algo e incursionamos en una investigación más formal, más acorde a las necesidades de nuestra alma mater, de la sociedad a la que nos debemos, y nos convertimos en “ratones de biblioteca” buscando esa información que pueda aplicarse y demostrarse en investigaciones propias, innovaciones científicas que aplican a todos rubros.

El rector Enrique Etienne Pérez Del Río ha querido que lo anterior siga creciendo, y la UAT camina por ese rumbo trazado hace ya un par de décadas y que ha sido ascendente en todo momento, porque así lo ha querido la comunidad universitaria.

Cuando un pueblo no quiere avanzar, no hay gobernante que haga que crezca por más órdenes o imposiciones que promueva y, por el contrario, si éste no tiene visión de progreso pero sí la posee la comunidad, nada la detendrá.

En la UAT hay gente demasiado valiosa en sus unidades académicas, institutos y facultades, y ha dejado ya ejemplos de su valía en foros internacionales y publicaciones que, desgraciadamente, son valoradas por empresas particulares internacionales que han hecho de lo anterior un sucio negocio y manejan parámetros, para nosotros, ilógicos, pero que son los que rigen el mundo.

El caso es que hay gente valiosa, muy valiosa: veterinarios que innovan en tratamientos y más, agrónomos cuyo mérito es ser de los mejores del país; abogados con postulados brillantes en materia de leyes, o comunicadores que incursionan en ámbitos no aceptados antes por ellos mismos; hay enfermeras y doctores que entran en el campo de la salud tratando de hacer mejor las cosas, y así, en cada una de las áreas, encontramos gente muy pero muy valiosa.

Y eso, sinceramente, hay que reconocerlo.

Reconocer que hay dinero –aunque muy poco- destinado a este rubro, y que se aplica en el mismo de manera muy escrupulosa; reconocer que la gente se quiere dedicar a estas cosas y que tenemos la calidad para hacerlo y, reconocer que la autoridad universitaria motiva para seguir avanzando.

Los parámetros pueden revisarse y, si bien es cierto que aún estamos muy abajo dentro de la clasificación de universidades, hemos de ver hacia adelante y observar que caminamos, que el paso no ha menguado y que poco a poco se muestra el producto del trabajo de nuestros investigadores.

Bueno sea que todos hagamos lo que debemos, y entonces, devolvamos un poco de lo mucho que nos ha dado la sociedad a través de sus impuestos aplicados a las universidades públicas.

Sigue, establecer un compromiso entre ambos: “tú, sociedad, a través de la UAT me apoyas en lo que requiero, y yo, investigador, me entregaré en cuerpo y alma a buscar mejores satisfactores de vida a través de mi especialidad, porque así lo he decidido”.

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