Siempre que se anuncia y pone en marcha un programa de apoyo académico para estudiantes de calidad hay muchos problemas: algunos se quejan de no estar involucrados por las corruptelas tradicionales, y otros, sin embargo, se lamentan que cuando llevan la documentación para sus hijos es demasiado tarde, porque ya no hay cupo para ellos.
Sucede en todos los niveles e instituciones: no hay un reparto justo y equitativo en las becas, y éstas, en algunos casos, se otorgan a gente que presente papeles de calificaciones nada malas, pero en otras, a quienes no merecen ni la más pequeña consideración.
Surge la interrogante sobre las becas y su origen y propósito, porque nos acordamos que antaño se entregaban a quien merecía por cuestiones académicas, y además, porque no podría solventar sus gastos de estudio. Hoy ha cambiado la cosa y se otorgan descuentos y becas al por mayor, para informar luego que se entregaron tantas miles de becas, aunque los resultados no son los esperados.
Recordamos aquel programa en el que se entregaban becas a hijos de periodistas, y algunos no alcanzamos este beneficio porque en la lista había de todo, menos hijos de periodistas con promedios suficientes como para merecer los apoyos oficiales. En otros casos, los sindicatos buscan apoyar a los hijos de sus agremiados, pero entendemos y sostenemos que debe ir de la mano el aprovechamiento y la necesidad de apoyárseles.
Hoy en día en la Universidad Autónoma de Tamaulipas se otorgan becas según su aprovechamiento y el promedio es el que determina cuánto se puede reducir del coste de inscripción, que para muchos es muy baja, pero conocemos el caso de tres alumnos que se quedaron fuera por no completar los casi tres mil pesos que cuesta el registro del ex – semestre, hoy llamado período.
Se quejan los muchachos de que les otorgaron un diez o veinte por ciento y aunque no es correcto, comparan con esos vividores de las aulas que alcanzaron mayores porcentajes por diversos motivos, entre ellos, el ser favorecidos sin merecerlo.
El caso es que siempre hay problemas e inconformes; leímos que esta semana hubo padres de familia que fueron a hacer plantón a la SECUDE porque no les habían llegado las becas, y sabemos de casos en los que tienen hios que cobran dos o tres apoyos de esta naturaleza, en dependencias municipales, estatales o federales. No es justo, por donde se le vea.
Por otra parte, leemos que Ramiro Ramos Salinas, presidente de la Gran Comisión del Congreso del Estado apoya a algunos estudiantes al igual que lo están haciendo otros legisladores, y de sus recursos entregan esas cantidades, a veces simbólicas, pero en otras, suficientes para garantizar que haya calidad académica y continuidad.
Lo que hace Ramiro Ramos es realmente plausible, sobre todo, porque su trabajo es legislar y no apoyar con este tipo de recursos, pero lo hace sabedor de la necesidad de quienes se acercan al órgano legislativo en busca de apoyo al habérseles cerrado otras puertas.
¿Qué hacer al respecto? Y la respuesta pareciera venir sola, porque entendemos que haya ahora estadísticas y máquinas que automáticamente nos dicen quienes merecen y quienes no esos apoyos. No dejemos la parte humana fuera, porque entonces estaríamos muertos, fritos, o jo… robados, pues.
El aspecto humano, el que un individuo sea apoyado y calificado por otro igual no debe desaparecer, y eso deben entenderlo quienes dirigen dependencias e instituciones de educación.
Queremos apoyar a quienes requieren estos recursos para seguir estudiando, aunque no somos los indicados, pero hacemos votos porque haya mejores criterios en ese sentido, y no salgan con los “domingos siete” de siempre, y dejen fuera a quienes podrían haber sido muy buenos estudiantes… y mejores profesionistas.
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