Mucho se dice, escribe y hace en torno al 30 de abril, fecha en que en México y otros sitios del mundo se recuerda el “Día del Niño”. Íbamos a anotar que se festeja, pero preferimos omitir esta palabra, ya que en muchas partes no se puede celebrar cuando hay niños muriendo de hambre, marginados o muriendo en el trabajo mismo.
Pero no pensemos solamente en lo que nos falta por hacer, sino en lo que viene y que muchos chicos disfrutan. Ya en las instancias superiores de estudios se hacen esfuerzos por otorgar, aunque sea una vez, un pequeño presente, un regalo, un festival o algo por el estilo.
Tal es el caso de la Unidad Académica de Derecho y Ciencias Sociales que dirige el doctor Enrique Alfaro Dávila, donde se ha organizado un muy emotivo festejo a los chicos, y se han repartido juguetes producto de la colaboración de estudiantes, profesores y personal académico„ se hizo un emotivo festejo, sin lugar a dudas.
Pero ser niño significa más que recibir un juguete. Vemos con profunda tristeza que robamos a muchos de ellos su niñez, aquella época que muchos de nosotros disfrutamos sin las responsabilidades de hoy ni los problemas que nos aquejan cotidianamente, dejando que ya no salgan a un parque o disfruten de un carrito de baleros.
Hemos cambiado la niñez de nuestros niños por actitudes de adultos, llenándoles de conceptos como los derechos humanos u otras cosas, y olvidándonos que cuando tuvimos su edad nos preocupaba obedecer a papá y mamá antes de exigir nuestros derechos.
Cuando no prestábamos tanta importancia a un castigo de ellos que entregaban amorosa y enérgicamente en aras de corregirnos antes que lastimarnos. Hoy, pensamos que todos los padres merecemos ir a una absurda Comisión de Derechos Humanos que sirve en la vida para dos cosas: para nada y para…
Nuestros niños tienen más preocupación por tener un Smartphone antes que una pelota o un balero, una muñeca o una casa para jugar a la familia; hoy sus prioridades son otras y justificamos la compra de tabletas y teléfonos disque “inteligentes” con el pretexto de que tienen que estar al día con la tecnología.
O los metemos a una y mil clases de manualidades, deportes y más, procurando que tengan su tarde ocupada al máximo, robando esa parte de vida que es fundamental y que se llamó antes “infancia”.
Hemos convertido esa etapa de la vida en un mar de responsabilidades y complejos que les acompañan pensando que en cada ser vivo hay un violador en potencia o un ladrón de ilusiones, y olvidando que siempre nos hemos cuidado por recomendación de papá y mamá, pero también hemos sabido divertirnos en un árbol o un camellón cerca de casa, que tenemos ganas de ver caricaturas o un programa divertido de repente, y no todo son documentales y cosas por el estilo.
Nos olvidamos de la infancia porque ya no estamos en ella, pero olvidamos a los que vienen transitando en edad propia de ella, robándoles lo mejor de lo mejor quizá, y que es precisamente su tránsito por esta maravillosa etapa de la vida donde no importaba mucho traer el pantalón roto o hecho girones, sino tener a uno de tantos “mejores amigos” de la vida, como llamamos una y mil veces a todos los que nos regalaron esa sonrisa especial.
Nos robamos su infancia en aras de hacerlos más inteligentes, pero les quitamos la inocencia de muchos pensamientos, y eso nos reflejará una factura muy alta de pagar cuando ellos crezcan.
Solo esperamos que la factura tenga facilidades de pago, a base de detalles de afecto y cariño en nuestros nietos, ya que en los hijos hemos cometido el imperdonable error. Hacemos votos porque puedan recobrar algo de su infancia y nos permitan disfrutarla con ellos, que es, sinceramente, el mejor y más valioso tiempo invertido: el que pasamos con ellos. Y en ese tenor, agradecemos a Dios haber vivido plena y totalmente la infancia de David, de Dany y de Dafne, como el mayor de nuestros tesoros y vivencias.
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