A veces nos levantamos con un espíritu crítico y no podemos externar muchas cosas por diversas razones; somos cuestionados por quienes creen que todo se puede decir y manifestar, cuando es una realidad que en nuestro querido México hace muchos años que ha desaparecido la libertad de expresión.
Leemos a algunos colegas puntualmente y nos llama la atención cuando se quejan de una situación especial: cuando queremos ser críticos, entramos en el dilema de si somos unos amargados y mal intencionados individuos que solo se dedican a ver lo malo de las cosas. La respuesta es categórica: NO.
Si bien es cierto que no somos un dechado de virtudes, la intención cotidiana es tratar de hacer las cosas lo mejor y más honesto posible, para encontrar resultados que nos favorezcan y nos llenen de aspectos positivos.
Pero… ver la situación difícil o la falta de infraestructura nos baja la moral.
Y a veces pareciéramos como aquel Grinch navideño que todo lo veía amargo y malo, pero es increíble que una ciudad tan maravillosa como nuestra Ciudad Victoria esté infestada de gente que no tiene conciencia mínima para poder convivir con los demás.
No es viable pensar que hay cientos –miles- de vehículos ILEGALES que circulan amparados por placas apócrifas de la UCD y otras centrales que se dedican a hacerse ricos y no gestionar legalizaciones, y por lo general, que son conducidos por gente que no tiene educación vial ni respeto hacia los demás, que invade carriles o prende sus luces de estacionamiento y piensa que por esa razón pueden pararse en doble o triple fila con todo el cinismo posible.
Enoja ver gente que no respeta luces rojas, o que no respeta el derecho que tenemos los victorenses de estacionarnos en la zona centro, y tenemos que tragarnos el coraje que ocasiona esa gente egoísta que vive en esas calles y saca botes, bancos o sillas “apartando” lo que creen “su” derecho, y no nos dar el ciudadano derecho.
No es posible pensar en los que no nos respetan, los que caminan sin placas, los que invaden carriles, los que manejan a altas velocidades y se enojan cuando se les sorprende.
Es duro pensar en una ciudad que tiene problemas como los nuestros y que nadie quiere hacer nada por los demás.
Es difícil sentir que uno está amargándose porque no puede alcanzar niveles de tranquilidad otrora vividos, o porque no hay forma de que nuestros hijos puedan salir a divertirse a gusto.
Duro resulta cuando, por ejemplo, llegas al Centro Cultural Tamaulipas y encuentras con que el espectáculo que habías anhelado apreciar ha sido cancelado por situaciones que tienen que ver con acontecimientos últimos.
Es difícil, muy difícil tener que lidiar con gente que nos engaña y no hace lo que le corresponde, con personas cuyo criterio no alcanza a comprender más allá que un memorándum donde les indican qué hacer y cómo hacerlo.
Difícil encontrar un “así está l
El asunto y hay que hacerlo” cuando no tiene una congruencia la acción o reacción, y cuando nos piden que, obedientemente, hagamos caso total a las instrucciones absurdas.
Difícil también cuando se cambia de nombre a las cosas y se buscan términos rimbombantes para decir a las cosas lo que son, y para justificar una serie de estudios que no han servido de mucho que digamos.
A pesar de todas esas cosas, seguimos amando a esta ciudad Victoria y sus personajes, su gente, su Sierra Madre y sus atardeceres.
A pesar de los muchos egoístas que cada día se empeñan en cometer estúpidas violaciones a todas les leyes, manejando con los celulares en redes sociales, pensando que es un chiste y que no debemos molestarnos, por poner un ejemplo.
Pero a pesar de todo, Victoria, cenicienta de la Sierra Madre, tus habitantes, tus hijos tge seguimos amando, y echando de menos tu tranquilo pasado.