El mundo que heredamos

Somos tan especiales que a vedes no tenemos idea de la repercusión de nuestra acciones. Los seres humanos, dentro de nuestro egoísmo no entendemos que hay que hacer muchas cosas para vivir tranquilos, en paz, con progreso y muchas cosas más.
Amigos aficionados como el columnista, al fútbol, a veces peleamos en redes sociales porque al Barcelona le regalaron el empate con Villarreal, porque al América le favorecen cada semana, o porque las Chivas no pueden ganar y se supone que hay “mano negra para que no desciendan”.
Hace mucho el fútbol dejó de ser honorable y deporte, para convertirse en un sucio negocio de unos cuantos, local, estatal, nacional y mundial, y el ejemplo lo vemos con el sucio de Blatter o el deshonesto de Plattini, por citar solo dos casos.
Figuras como Messi o Neymar que evaden impuestos por millones y son idolatrados por nuestros hijos que perdonan su falta de probidad y sentido responsable ante la magia de sus botines, privilegiando al tramposo y denostando al que actúa bien.
Denunciamos contaminación de mantos acuíferos y maldecimos a los que lo hacen, pero no pasa nada, porque con una multa se arregla el asunto, aunque la ecología esté muriendo y con ella, nosotros.
Pretendemos privilegiar a algún candidato “independiente” para tapar las apariencias, cuando debe ser un derecho el llegar, pero llegar honestamente.
Tenemos políticos que en tres o seis años, según sea el caso, se convierten, de mediocres servidores a insultantes multimillonarios, y honorablemente se pasean en el Casino o en los clubes exclusivos de gente de bien, amparados por la limpia imagen que les proporciona su carera.
Y cuando nuestros hijos se lamentan por la falta de oportunidades, pensamos que la vida es muy injusta, que no hay cosas buenas qué ofrecerles y que la corrupción es cosa de todos los días: “Es lo malo, la corrupción nunca acabará”.
Mientras sigamos idolatrando sinvergüenzas, aplaudiendo a futbolistas millonarios y que evaden al fisco, que no cumplen con sus obligaciones ciudadanas, mientras sigamos permitiendo que los agentes de tránsito no sean enérgicos con quien se estaciona en doble y triple fila afuera de un colegio con la estúpida frase de “nomás voy a estar aquí tantito, mientras sale mi hijo”, o mientras sigamos quedándonos con las monedas de más que nos entregó por equivocación una cajera, seguiremos siendo igual de corruptos que los que hacen tantas porquerías.
No podemos aplaudir a un mago del fútbol que tiene una multa de más de 80 millones de dólares, porque su forma de vivir no es adecuada, así de claro.
Tampoco podemos saludar a esos funcionarios que se pasean impunemente en sus camionetas blindadas, con guaruras a cargo del erario público, y que no cumplen con su función pero sí justifican sus pillerías.
¿Qué estamos dejando a los hijos? ¿Un mundo de simulaciones donde el poderoso es el del dinero y no el de las acciones honestas?
Este mundo que vivimos y que no tiene un remedio inmediato, es consecuencia de la permisividad de nuestras acciones, porque no hemos salido a denunciar, a exigir, a pedir claridad en todo.
El Padre David Martínez Reyna dijo en una entrevista que, si fuéramos apegados a la ley de Dios no necesitaríamos leyes, y con los diez mandamientos tendríamos, porque son la base de toda acción recta, moral, adecuada.
¡Cuánta razón de Monseñor!
No robarás, no matarás, no levantarás falsos testimonios y otros más, para completar diez preceptos básicos, que se sustentan en una personalidad de honestidad y honorabilidad, para con nosotros, los demás, para la sociedad y para con Dios.
Mientras sigamos permitiendo estas ilegalidades y abusos, no tenemos derecho a quejarnos, pero el problema no es nuestro, sino de lo que estaremos dejando a nuestros hijos. Eso realmente debe preocuparnos.