La difícil tarea de convencer

No se trata de ser el mejor para un cargo de elección popular, porque a veces no es suficiente argumento: se requiere convencer a los posibles votantes de ello, y aprender a escuchar, para poder contar con el apoyo de los que valen, y entonces, ganar el voto en las urnas.
Mientras no suceda eso, lo que se diga o piense sobra: las declaraciones de amigos, “encuestadores”, candidatos, miembros de sus comités y políticos en general no valen mucho, porque la única encuesta –por así llamarla- que tiene validez y cuenta es la de las elecciones, cuando cada uno de nosotros o la mayoría vaya y deposite su voto en las urnas correspondientes.
Y dicho sea con toda honestidad, sin que sea menester que los miembros de los comités de campaña se engallen y enojen con las opiniones, lo que se está haciendo no está captando el interés de la población.
Está llamando la atención el oportunismo de vividores oficiales y oficialistas que aprovechan los tiempos electorales para hacer plantones, marchas y ese tipo de acciones que, saben, serán acalladas con un buen cheque que, por lo general, lo cobra el encargado de “organizar” las protestas.
Cansada está la población de esos vividores que se apoderan de nuestras calles, y también de aquellos que nos ofrecen los mismos discursos que hemos escuchado cada seis años y que tienen altos grados de palabrería demagógica, llena de frases empalagosas ajenas a la realidad.
No queremos escuchar esas frases que dañan, lastiman a una sociedad que quiere respuesta a sus inquietudes.
Ya no nos causa gracia ver a uno de los candidatos soportar una campaña político electoral, gastando nuestro dinero, amparado en el palo de una escoba que bien se ve que nunca barrió con la corrupción y la deshonestidad de quienes han detentado su propiedad, porque se ve nueva, como que no ah alcanzado a barree las sospechas de elecciones compradas –vendidas, pagadas, es decir, ilegales- como piensa la gran mayoría de la gente.
También suponemos que los expertos que analizan los discursos debieran decir a los candidatos que se olviden un poco de ellos y salgan a las calles a charlar con la gente, con los ciudadanos de verdad y no con los que les acomodan para que digan lo que algunos asesores quieren que el candidato escuche o que sea la base del boletín siguiente.
No.
Por ahí no va la cosa.
Tampoco queremos ver a personas que han estado en diversos cargos, haciéndose pasar por expertos en sus respectivas áreas, y han lucrado y aventajado económicamente a sus colegas con el solo hecho de malversar fondos, pero eso sí, sufragando costosos viajes de sus amistades y algunos grupos con los que tienen intereses no comunes, pero sí similares.
Queremos que el candidato se sienta parte de todos nosotros, que nos escuche y nos explique lo que queremos que haga, que entienda nuestras inquietudes y que sepa que la gente piensa de tal o cual forma.
Tampoco queremos esos discursos bravucones que dicen que todos los tamaulipecos somos “norteños, vaqueros o gente de campo”. Habemos tamaulipecos citadinos, urbanos, pues, que no vestimos nunca con sombrero ni botas picudas o cinto pitiado: habemos personas que queremos ser escuchados y vistos en donde se pueda, sin ser relegados por una lista “VIP” estructurada con el celo que ocasiona el denostar a quienes no se doblegan o piensan como ellos quisieran.
Los candidatos tienen la obligación de convencernos, pero para ello se necesita que en su equipo esté gente con la capacidad necesaria que les permita lograr ese convencimiento.
Lo demás, seguirán siendo palabrerías vanas y huecas.