En estos tiempos de mucho redondeo, de privatizaciones y globalización, los seres humanos nos hemos convertido en autómatas rellenadores de formularios, bajo la es´teril consigna de que, mientras más sumas más vales.
Nos hemos reducido a ser números…
Muchas instituciones y dependencias cuentan a sus recursos humanos por el número o calificación obtenida. Lo demás, de plano, no vale.
En ese sentido, nos han cargado de formas de registro y control que muchas veces son realizadas por alguien que nunca ha tenido oportunidad de meter en un pequeño espacio de 2 centímetros de largo por 4 milímetros de ancho el nombre completo y apellidos de una persona, o el que debe poner una matrícula de 10 o 12 dígitos en un centímetro de papel.
Inverosímil, pero mientras más avances registramos, más tenemos que padecer la “formulitis” que nos invade, inunda y ahoga día a día.
Los indicadores de Educación, por ejemplo, hablan de un buen profesor cuando tiene determinado número de puntos, sin importar que sus muchachos hayan “macheteado” los apuntes mediante un cuestionario previo que es prácticamente decirles: “esto te voy a preguntar, memorízalo”, para que obtengan un 10 redondito, y que dentro de unos meses no recuerden siquiera el concepto más básico.
Es de todos los días en todo el sector, y se piden planes, proyectos, programas, formas y todo lo que se refiera a un estricto control. No estamos de acuerdo con estas políticas que, suponemos, las ha inducido alguien que no tiene idea de lo que es enfrentar a un grupo para explicarles que Daguerre no es el inventor de la fotografía, y que ha sido un proceso un poco mágico, un poco casual y un mucho de técnico el que hoy dispongamos de la captura de imágenes para siempre, o casi para siempre.
No han entendido que los muchachos son alumnos, son personas ávidas de aprender –no todos, hay terribles excepciones- y que nosotros tenemos la importante encomienda de hacerles ver muchas de las cosas que suceden en torno a nuestra asignatura, y también, que somos parte del ejemplo que llevarán en sus vidas.
Los que hacen las formas no saben la diferencia entre una pluma de punto fino y una de punto medio para rellenar esos diminutos campos estériles, que con un par de firmas justifican la asistencia a alguna actividad, aunque ésta no haya sido aprovechada o reconocida por ninguna parte.
Eso no importa: importan los números.
Tenemos que despertar de ese marasmo en el que nos encontramos, y entender que la educación es otra cosa más importante que rellenar fórmulas.
Tenemos que entender que tratamos con seres humanos y no con máquinas, y cada uno merece un proceso significativo particularizado, que no podemos tratar a los elementos de un grupo de la misma manera.
El conocimiento el rea conocimiento entra de distinta manera al intelecto: no con formas sino con estilo; no entra con memorizaciones, sino con talento.
Y en ese sentido, tenemos que aprender a hacer bien las cosas, a tratar de que ellos puedan aprender, pero para ello, tenemos que ser escuchados en todos sentidos sin que lo anterior diga que tenemos la razón o que se deben hacer las osas como decimos: solo el derecho de opinar y no menospreciar las ideas de los demás.
Mientras tanto, habrá que seguir rellenando campos estériles en formatos estériles, en informes que nadie revisa y que se archivan para dar puntos o méritos, y que éstos se conviertan en un estímulo, muchas veces risible, al esfuerzo que se desarrolla en las aulas de clases.
No es fácil, pero tenemos que intentarlo, porque para esto hemos estado presentes durante mucho tiempo.
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