Envidia: un solo tipo

A todos nos ha sucedido que escuchamos, para nosotros o lo decimos para otros: “qué envidia, pero de la buena”, ¿verdad?

No hay que confundirnos, decía papá que envidia, tácitamente dicho, solo hay una, y es un sentimiento que nada de positivo tiene, porque habla de añorar, de lamentarnos por los éxitos de los otros y nosotros no tenerlos, o algo por el estilo que, bien lo dice papá: nada de bueno tiene.

La envidia, pues, es un mal sentimiento que no ayuda mucho que digamos, y que tenemos que aprender a desterrar de nuestro vocabulario, aunque nuestra condición de seres humanos nos orilla muchas veces a sentirla, padecerla, criticarla, o practicar alguna acción negativa en aras de ella, la terrible envidia.

Así que, cuando hablamos de gente que se dedica a manejar espectáculos, a tener negocios de cualquier giro o a emprender una nueva actividad con fines de lucro, lo menos que debemos sentir es esa molesta y terrible envidia que mata los sentimientos de los que pensamos que somos tan merecedores, sin hacer nada, como los que han obtenido ese logro, porque lo han trabajado.

No podemos sentir envidia por esos que se convirtieron en millonarios durante el último lustro y que ahora pasean sus propiedades y recursos en otros países –Texas, EEUU, específicamente- y presumen de haber resuelto su situación económica por siempre, en base a acciones deshonestas y de mucho desvío de recursos oficiales.

No. Envidia no podemos tener de alguien que no puede mirar a la cara a sus hijos y que le brillen los ojos para que les diga “lo que tengo aquí para ti, es tuyo porque lo he trabajado con tesón, empuje, profesionalismo y ganas”.

Nunca podrán hacerlo, y eso no tiene justificación, aunque simulen que no importan estas acciones, porque seguramente han logrado inyectar tal dosis de cinismo y desvergüenza en los suyos, al igual que sus conciencias, que no les afecta.

Pero llegará un momento en el que tengan que rendir cuentas y no podrán levantar la mirada al cielo para decir que han sido justos y tolerantes.

No es posible vivir de esa forma, y eso lo sabemos perfectamente: cuando alguien tiene miedos y temores que esconder, no puede vivir feliz, menos hacer que los suyos vivan felices, porque mientras más les ofrece, más le piden.

Así que, antes de envidiar a esos sinvergüenzas, o a los que viven muy contentos y holgados porque han trabajado mucho, pongamos las cosas en un papel: escribamos qué es lo que somos, qué tenemos, a donde queremos llegar y con qué recursos, y entonces, programemos un estilo de vida distinto, en el que, a base de sacrificios y ahorro, podremos entrar a la parte que merece toda nuestra atención y entusiasmo.

Hay mucha gente que envidia a otros por sus capacidades: ¿no será más fácil trabajar para mejorar que sentarse a envidiar al prójimo?

Es una pregunta que tenemos que realizar a cada momento y entender por qué tenemos lo que tenemos, por qué somos lo que somos, y sobre todo, por qué queremos llegar a otros niveles, y sabedores que ello cuesta mucho trabajo y sacrificios, que estamos dispuestos a enfrentar con tal de seguir creciendo.

Ha habido historias de gente que ha iniciado desde muy abajo y se ha levantado enormemente, haciendo del éxito una rutina laboral y de comportamiento.

Eso es lo que necesitamos cada uno de nosotros: pensar que somos tan capaces como cualquier persona, esperar o buscar esa oportunidad para participar, justificar el por qué pensamos lo anterior, y entonces, trabajar, trabajar y trabajar, para que nuestros sueños se hagan realidad, y otros añoren hacer el esfuerzo para triunfar, pero siempre, por favor, sin esa envidia que tanto mata al hombre del nuevo milenio.