A una semana laboral de iniciar los ‘Vientos de Cambio’ en Tamaulipas, vale la pena el comentario sobre una edición muy peculiar del empresario Alejandro Legorreta y el actor y director de cine, Diego Luna. Un libro que lleva por título El Corrupcionario.
El Texto es una especie de antología que reúne más de 300 términos y expresiones sobre la corrupción en México, precisamente en tiempos donde el mismo presidente de la República, Enrique Peña Nieto, hizo amplia alusión sobre el tema, rematando su retórica con aquello de “todos somos corruptos”
Para Tamaulipas resulta muy oportuno porque apenas a cinco días laborales de la nueva administración de García Cabeza de Vaca, aparecen líneas de corrupción en diversas áreas de gobierno, incluyendo a los municipios, como el caso Reynosa.
Aquellas tierras fronterizas, registró que tres ex empleados municipales de la administración de Pepe Elías Leal, fueron sorprendidos robando documentos oficiales y que por las circunstancias, se presume corrupción en el DIF Municipal y el Instituto de Cultura de aquél municipio.
En la capital, podemos citar el caso de los terrenos del Complejo Bicentenario de Gobierno, cuando se habla de que todos, o una parte pertenecen a particulares. O de una venta pagada en cantidades millonaria a ex funcionarios o de unos miles a ejidatarios.
También la grave tarea que tiene la Secretaría de la Administración en evaluar el desempeño de los trabajadores y mandar a casa a los ‘aviadores’ que se pudieran encontrar en las nóminas de algunas secretarías.
El Corrupcionario registra palabras y enunciados como “No quiero que me den, sino que me pongan donde hay”, que es una expresión muy popular entre la clase política del país ante una necesidad económica, pero que esconde el deseo de robar.
Este enunciado y muchos más lo conocen los políticos, los empresarios, los funcionarios públicos y prácticamente cualquier mexicano, por ello ha sido incluida en el texto del empresario Legorreta con prólogo del cineasta Diego Luna.
La obra intenta demostrar que todos tenemos la oportunidad de ser corruptos, cuando la deshonestidad ha llevado a gente común a utilizar el “diablito”, que no propiamente es un personaje de la Pastorela Mexicana, sino más bien el “ingenioso artefacto de hechura nacional” para robar luz, agua o gas doméstico.
También con mucha sátira y plagado de ilustraciones El Corrupcionario, es una publicación que expone el famoso “doble sentido”, aunque también las palabras que se han inventado exclusivamente para describir la corrupción.
El autor de esta publicación asegura que los escándalos de corrupción evidenciados en la administración del presidente Peña Nieto dieron margen a idear esta valiosa obra que tiene por actores no solo a una clase social, aunque tampoco aceptan que los mexicanos somos ‘naturalmente’ corruptos.
No solo de los tamaulipecos sino los mexicanos en general sabemos de términos como “charolear”, “bisne”, “mordida” o “abogánster”. En tiempos más recientes de han añadido vocablos como “mirrey”, “papalord” o “moche”, “lady”.
El concepto es lo que cuenta, por ejemplo: “Fayuca” artículo de procedencia ilícita; “Partida secreta”, ‘guardadito’ que tienen los políticos; “Delfín”, Dícese del “candidato” preferido del político ‘mayor’; “Chamaquear” Tomar ventaja de una situación a costa de alguien más; “Colmilludo” o Colmillos Grandes” el que sabe mucho sobre un tema.
También aparecen: “Hacerse güey” el que no sabe nada… de nada: “Chicho” el que es bueno para un tema; “Kalimán” hombre ‘fuerte’; “Chota” policía; “moches” o “mordida”, dar dinero a cambio de un ‘favor’; “Comentocracia” periodistas que reciben beneficios económicos del gobierno.
El libro tiene como casa editorial Penguin Random House y el autor es Legorreta director de la organización civil ‘Opciona’ y el prologuista Diego Luna.
El Instituto Mexicano para la Competitividad asegura que las familias mexicanas destinan, en promedio, el 14% de sus ingresos en gratificaciones por algún servicio o sobornos a empleados públicos.
En el caso de hogares pobres el dinero para corrupción es sustancialmente mayor, ya que llega, en promedio al 33% de sus ingresos.
Seguramente si leemos la obra completa del empresario Legarreta, la mayor parte de las palabras ahí encontradas, las identificaremos no porque seamos corruptos, sino porque sabemos su significado y tristemente forman parte de nuestra cotidianidad.