Hace unos días en el seno del Congreso del Estado se llevó a cabo la presentación de una iniciativa interesante, curiosa, justa pero a la vez incongruente: se trata de eliminar la violencia política contra las mujeres.
También, hace días, hablábamos de la necesidad de hacer cumplir las leyes, y existe una ley que refiere la equidad de género, que a juicio personal, no debiera existir, porque en teoría todos los tamaulipecos tenemos los mismos derechos y obligaciones, así como también los mexicanos. Luego entonces, no debería haber leyes que hablen de maltrato físico, maltrato infantil, maltrato a la mujer o a personas de la tercera edad: el maltrato no es concebible para nadie, y no debiera existir, sin embargo, es menester hacer una ley para cada cosa, lo que nos lleva a pensar, o que la ley correspondiente a cada ítem no sirve para nada, o que nuestros legisladores buscan qué hacer en lugar de buscar y exigir qué se cumple y castigar o sugerir sanciones para quien no cumpla con los ordenamientos naturales.
Las acciones legislativas buscan fomentar, fortalecer e impulsar la organización social y productiva del género femenino en el campo así como el concepto de “violencia política” a la Ley para Prevenir, atender, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres.
Y habla esta iniciativa de lo que se considera violencia política, entre lo que se destaca el hecho de que se les asignen responsabilidades de género que tengan como resultado la limitación del ejercicio de la función político-pública, que eviten que las mujeres electas, titulares o suplentes, o designadas en alguna función determinada asistan a sesiones de todo tipo donde se tomen decisiones importantes.
En otras palabras: hay que dar el lugar que corresponde a ellas, que son tan valiosas como cualquier ser humano, sin distingos de ninguna especie. No tenemos por qué menospreciarlas, porque han demostrado desde que el ser humano existe, que son tan valiosas e importantes como cualquiera: calculadoras, inteligentes, creativas, soñadoras, románticas, agresivas, decididas y más, o ninguna de estas cualidades que pudieran convertirse en limitaciones.
¡Vaya! Si fuéramos justos, no tendríamos por qué legislar al respecto, pero somos tan especiales, que requerimos hacerlo para que ellas tenganb el lugar que les pertenece en la historia.
No hemos entendido, al parecer, que han tenido que ver en las más importantes decisiones de la humanidad. En algunos casos, no nos hemos enterado en los libros de historia o ciencia, pero fueron ellas las que motivaron que alguien decidiera hacer una cruzada importante, descubrir algo grande o trascender en bien de la humanidad.
Nos ha tocado ser actores en una charla en la que no tenemos la idea clara de algo que deberíamos desarrollar, cuando una mujer es la que dice “¡ándale, decídete!”, y es entonces cuando hemos tomado esa decisión trascendental.
Nos hemos manifestado siempre por una equidad, la igualdad, porque no haya distingos, y suponemos que es necesario, ya que en la mal llamada “clase política” aún hay “machos” que consideran que ellas nada tienen qué hacer más que ocupar suplencias que nunca se ejercerán.
No: por ahí no va el asunto, y hay que entenderlo.
Es tan importante como el que toma la mayor decisión, y no tendríamos por qué sobajarlas ni agredirlas bajo ninguna forma o concepto, y hacemos votos porque esta ley pueda configurarse adecuadamente, y nos haga entender por fin cual es la importancia de que nos veamos como iguales, sin distingo alguno.
El tomar decisiones en bien de la comunidad es el trabajo del Congreso, y en ese sentido, debemos considerar la necesidad de alimentar a los legisladores de las propuestas necesarias que lleven al Pleno acciones y sugerencias emanadas de nosotros, los ciudadanos, los que pagamos su salario.
Porque es tiempo de ver a la mujer como cualquier ser humano: sin meterla a una burbuja de cristal, pero sin apedrear el pedestal donde la naturaleza les ubicó, para servir a sus semejantes en todos sentidos, y al mismo tiempo, para ser servidas de la misma manera.