Inseguridad recurrente

Mientras la ciudad de Reynosa es abatida por la delincuencia a base de fuego y balas, lo que incrementa de manera alarmante la inseguridad y el temor de su población, en esta ciudad, también insegura, la Diócesis de Nuevo Laredo proclama la paz a través de un singular discurso que predica la no violencia como estilo de vida.
El obispo Enrique Sánchez Martínez y el cónsul de Estados Unidos, Philipp Linderman, dieron sus testimonios sobre el tema durante un coloquio realizado en la facultad de comercio y relacionado sobre valores y actitudes como baluartes para conseguir la paz desde los hogares hasta llegar a la sociedad.
En estos momentos en que una parte de Tamaulipas se convulsiona a consecuencia de una lucha sin cuartel de parte de grupos criminales, este llamado que hacen ambos personajes desde sus propias trincheras, debería ser retomado por la sociedad en su conjunto de esta ciudad y de todo Tamaulipas, para conseguir primero, que Reynosa retorne a la calma, y que en el resto de los municipios este terrible cáncer no llegue hasta ellos.
Pero conseguir la paz cuando las instituciones y los hombres responsables de conseguirla fallan, el intento se convierte en una utopía, en algo casi imposible de lograr debido a que el Estado como institución obligada a garantizar la tranquilidad a la sociedad, está fallando, y porque la falta de acciones efectivas y convincentes en la lucha contra la inseguridad, hace que el temor se convierta en desconfianza e incertidumbre.
¿Desde hace cuantos años esta situación de inseguridad existe en Tamaulipas, y desde cuando el discurso, la simulación y la mentira fluyen de funcionario en funcionario?
Lo lamentable es que los tamaulipecos ya nos estamos acostumbrando a esta situación que es ya recurrente desde hace tiempo, y lo peor es que los discursos son también ya recurrentes, tanto que de tanto repetirse, ya forman parte de nuestra vida cotidiana.
¿Hasta cuándo terminará esta situación de inseguridad, temor, incertidumbre y simulación en Tamaulipas?

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El tres de mayo en esta ciudad, en Tamaulipas y en todo el mundo, los festejos si así se puede decir, relacionados con el Día Mundial de la Libertad de Prensa, pasaron casi desapercibidos para la mayoría de quienes nos dedicamos a la difícil tarea de tratar de informar con libertad y sin presiones.
Hablar de libertad de prensa en un país en donde esta libertad para el periodista ha sido coartada de manera salvaje por el poder institucionalizado, por poderes fácticos y por los dueños de las empresas periodísticas, ha logrado mermar lo único valioso que teníamos los periodistas, y que es nuestra libertad tanto de expresión como de prensa.
En un país en donde los periodistas mueren como ‘moscas’ sin que ninguna autoridad investigue a fondo y menos resuelva los casos, se ha convertido en un lugar donde el periodistas tiene prohibido hablar y escribir con libertad, so pena de ser castigado, razón por la que el temor se empodera y hace brotar la censura y más, la autocensura.
El mes pasado cuatro colegas de diferentes lugares en el país, cayeron abatidos por practicar esa libertad, y con ellos las estadísticas no paran, solo se detienen un momento para quien sabe cuándo, seguir su camino ascendente.
El caso más reciente del asesinato de un periodista fue el de Maximino Rodríguez Palacios, hombre maduro de 71 años e integrante del colectivo Pericú, de Baja California Sur. Antes había sido asesinada la reportera Miroslava Breach, de Chihuahua, y reportera del diario digital El Norte de Chihuahua, todo por esa terquedad que solo la pasión por este oficio puede motivar a un periodista a decir y a escribir la verdad.
Recuerdo con cariño y aprecio a mi amigo y compañero periodista Philip True, corresponsal del periódico texano San Antonio Express News, cuando yo era corresponsal de un medio nacional. Nos hicimos amigos en esta frontera y compartíamos anécdotas ya fuera en Laredo, en Nuevo Laredo o en otro lugar.
La inseguridad arreciaba en la frontera norte, pero aún se podía escribir con libertad. Un día se despidió de mí tomando café para decirme que se iba a la ciudad de México. Nos comunicábamos de vez en cuando, pero luego dejé se saber de él, hasta que en diciembre de 1998 supe que había sido asesinado bajo circunstancias que las autoridades nunca dijeron ni aclararon.
Fue en Nayarit, en la sierra; su cuerpo fue hallado varios días después de haber sido asesinado. Su muerte me impactó porque era mi a migo y porque no era común que un periodista fuera asesinado en tiempos en que este oficio era respetado y hasta temido. Ahora la muerte de periodistas, tanto como la inseguridad, se han vuelto recurrentes, el asombro se ha convertido en temor, y nuestra libertad de expresión y la libertad de prensa se han opacado gracias al empoderamiento que algunas autoridades le han tributado a la delincuencia.

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Hasta mañana

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