Qué hacer cuando llegan los ataques de pánico

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La primera vez que tuve un ataque de pánico, estaba en un bote. Fue de noche en un ferry en el puerto de Vancouver. La cabina, un espacio abierto, rodeado de ventanas y lleno de filas de asientos de espera, estaba casi vací­a y muy silenciosa. El agua era suave. Mi pecho se tensó desde mi interior y no podí­a respirar, o no podí­a recuperar el aliento. Sabí­a que era el fin y no sentí­a nada más que terror. Imagina a un pez desesperado y condenado que cae al fondo de un bote pesquero.

El pánico a un ataque de pánico se siente como algo fí­sico y real que está dentro de mi cráneo. Es como una mano que tira hacia atrás de la superficie de mi cerebro, como cuando un mago tira de un pañuelo para revelar que debajo no hay nada, excepto que el pañuelo no se mueve y el mago sigue jalando una y otra vez. Puedo incluso jadear cuando esto sucede, pero nadie se da cuenta. Durante años, nadie se ha dado cuenta.

El pánico de un ataque de pánico se siente fí­sico y real.

El miedo intenso que bulle bajo la superficie de un ataque de pánico generalmente, para mí­, no tiene origen claro. Simplemente sucede. Sucede cuando me estoy quedando dormido, o cuando estoy solo viendo una pelí­cula. Sucede en el trabajo. Sucede cuando estoy comiendo. Sucede durante el sexo. En el síºper, dejo una canasta llena de artí­culos sin pagar junto a la puerta mientras camino hacia afuera tambaleándome, respirando con dificultad mientras la mano tira de mi cerebro y el miedo hace metástasis. Me toco el cuello para sentir mis pulsaciones.

Los sí­ntomas fí­sicos se relacionan principalmente con la hiperventilación. Respiro demasiado rápido, lo cual elimina más dióxido de carbono de mi sangre del que produce mi cuerpo. El dióxido de carbono es un producto de desecho, pero también es parte de un equilibrio existente en la sangre entre ácidos y bases que mantiene a la sangre un poco más básica o alcalina (con un pH de entre 7.35 y 7.45) que neutral (pH 7). El CO2 es ácido cuando se mezcla con agua, como en la sangre, por lo que una disminución anormal del CO2 vuelve a la sangre más básica de lo normal, un escenario con efectos fisiológicos inmediatos.

Ilustración: Lia Kantrowitz
Al principio, hay alfileres y agujas en mis manos y brazos. Una bola caliente y pesada se forma dentro de mi pecho. Se siente como un puño apretado. Los alfileres y las agujas se congelan a medida que saturan mi piel y luego mis míºsculos. El cambio en el pH reduce el níºmero de iones de calcio en mi sangre, lo que resulta en un aumento de la irritabilidad nerviosa y muscular. Después, los míºsculos de mis manos y la parte baja de mis brazos comienzan a trabarse, contrayéndose y volviéndose difí­ciles de mover. Mis manos son como garras, retorciéndose y temblando.

Mi cabeza se contrae a su manera. Mi visión se reduce a tíºneles. Estoy respirando demasiado, pero no puedo recobrar el aliento, así­ que respiro con más fuerza. Todo es miedo, garras e hiperventilación. Este es el punto en que algunas personas se desmayan. Sus cuerpos, ahora liberados de la maldición del pánico, son capaces de restaurar el orden quí­mico rápidamente. Nunca me he desmayado durante un ataque de pánico. A veces logro disiparlos, y tomo mucho Benadryl. El Xanax me ayuda, pero no suele ser suficiente. A veces, pienso que ya se detuvo sólo porque mi cerebro ya está completamente agotado.

Todo es miedo, desgarrar e hiperventilar.
Me llevó años darme cuenta de que las personas no pueden ver los ataques de pánico. En el ferry y en las siguientes ocasiones, nadie vio mi temblor. Nadie vio cómo disminuí­a después en un bar, ni vio que el color me habí­a vuelto a la cara. O que podí­a pronunciar más de una palabra a la vez.

Cuando esto comenzó en 2004, trabajaba en un hotel razonablemente elegante y moderno. Llevaba el equipaje, conseguí­a taxis y sostení­a conversaciones casuales en los ascensores. Si tienes la leve sospecha de que tu botones está convulsionando mentalmente, no lo mencionas. Solí­a ofrecerles a los clientes llevarles hielo y les daba consejo sobre los restaurantes. Sólo una o dos veces tuve que excusarme e ir hacia una escalera cercana para respirar en la manga de mi traje de pana color píºrpura. Más tarde, a medida que los ataques se hicieron más frecuentes e intensos, tuve que abandonar mi trabajo a mitad de los turnos más pesados. Esto fue un problema. Posteriormente, como editor de un periódico, podí­a sufrir solo en una oficina, debajo de mi escritorio.

Un par de años después de ese primer ataque de pánico, encontré a una doctora que pudo darse cuenta de que estaba sufriendo uno de esos ataques casi tan rápido como yo lo hice. Me condujo a una sala de espera vací­a y apagó la luz. Se sentó a mi lado y yo le conté sobre mi problema.

En los años malos, antes de encontrar la medicación adecuada, terminaba en la sala de emergencias cada dos meses. Los hechos básicos de la situación no eran suficientes. Me sentí­a fuera de control, y luego sólo sentí­ terror. Recuerdo que me senté en la parte trasera de un taxi en Baltimore aferrándome a la manija de la puerta, pensando que no podrí­a sobrevivir. No lo harí­a. Finalmente sucederí­a, esto estaba más allá de un ataque de pánico. Fallecerí­a. (Salas de emergencia de Baltimore: no son los mejores lugares para tener un ataque de pánico). Le dije por primera vez a una de mis novias que la amaba en una sala de emergencias porque pensé que nunca tendrí­a otra oportunidad de decirlo. Me dieron Ativan en un pequeño cono de papel.

Pasarí­an años antes de que lograra encontrar la forma de œmanejar adecuadamente mi particular conjunto de enfermedades mentales, en gran parte se debió a mi propia resistencia a tomar medicamentos, pero ese resquicio de comprensión en una sala de espera oscura y vací­a fue algo realmente importante. Ahora, cuando pienso en ello, siento una especie de nudo en la garganta.

Me sentí­a fuera de control, y luego sólo sentí­ terror.
Los ataques de pánico nunca dejarán de ser parte de mi vida. No he tenido uno en años. Tomo un medicamento llamado Effexor que me ayuda mucho. Tengo ataques de pánico muy pocas veces al año, y son cortos. Mi íºltimo ataque de pánico digno de una sala de emergencias fue en Cortez, Colorado, en 2013. Se me terminó el medicamento y no tení­a suficiente dinero para resurtirlo. Tres pastillas de Effexor me costaban unos mil dólares. El siguiente enero pude obtener cobertura de seguro médico a través de la expansión de Medicaid, lo cual cubrió mis recetas. Tomaré Effexor de por vida.

Conservo una pequeña reserva de Xanax en mi departamento en caso de emergencia. Hay sentimientos que me gustarí­a no volver a sentir jamás. No he necesitado tomar uno en años.

Fuente: VICE
fuente http://entrelineas.com.mx/