Absurda guerra comercial

Cuando apenas buena parte del mundo más industrializado empieza a ver la luz al final del tíºnel de la recuperación económica, tras una larga depresión “la Gran Recesión- de ocho años de aciagos sacrificios, aparece Donald Trump y despliega su guerra comercial.

El impacto de su œamerica first en la pequeña gran aldea global traerá consigo muy probablemente ecos y efectos negativos que, desafortunadamente, podrí­a ralentizar (nuevamente) el PIB mundial.

Hay claroscuros: por un lado está su polí­tica fiscal que busca incentivar, premiar y privilegiar a los grandes corporativos estadounidenses, siempre y cuando, favorezcan la repatriación de capitales a fin de reinvertirlos en activos fijos y empleo dentro de las fronteras de la Unión Americana en vez de hacerlo en las diversas opciones del mapamundi de la globalización.

En Europa, la polí­tica fiscal de Trump, ha sido evaluada desde dos perfiles: primero, que soterradamente esconde una forma de subsidiar a los corporativos y multinacionales estadounidenses que compiten en el exterior, les permite meterse en varios callejones para ser más rentables y competitivos frente a terceros; y segundo, si bien las autoridades europeas la condenan por ser subsidiaria, también la envidian, no son pocos los empresarios europeos deseosos de imitarla.

Después está el álgido tema comercial y allí­ el crecimiento mundial preocupa, porque desde luego es una de las variables fundamentales para obrar en aras de su dinamismo y expansión o bien de su ralentización y estancamiento.

Que el inquilino de la Casa Blanca le dispare flechas envenenadas buscando darle en la diana mantiene en vilo a todos los promotores crédulos a favor del libre comercio y de los acuerdos y tratados. Menos barreras, más mercados y más comercio.

No obstante, Trump cree todo lo contrario, piensa que elevando barreras, imponiendo impuestos ad valorem, semicerrando la economí­a, y autoprotegiéndose, terminará reduciendo el enorme déficit comercial de su paí­s.

En realidad se equivoca¦ terminará trasladando al consumidor estadounidense el precio de los aranceles en los bienes, mercancí­as y servicios importados; también influirá en hacer menos competitiva a la industria local que, entre mimo y mimo, querrá terminar imponiendo nuevamente al consumidor sus condiciones.

La literatura económica nos enseña, en sus sabias lecciones, que la protección a la industria local con polí­ticas internas subsidiarias, polí­ticas externas de elevación de aranceles y la manipulación de un tipo de cambio devaluado (para contener las importaciones y todo lo contrario favorecer las exportaciones) forja cotos de poder empresarial.

Es decir, se crea el caldo de cultivo propicio “en las condiciones arriba descritas- para que los productores locales intenten manipular los precios, alterar los canales de la oferta en detrimento de los consumidores; y peor aíºn, se organicen explí­citamente en trusts, monopolios, duopolios, oligopolios y surjan otras distorsiones que, va de nuevo, terminarán afectando al consumidor, a la relación calidad-precio, a la elasticidad ingreso y demanda¦ por ende al ingreso y su capacidad de compra.

A COLACIí“N

El Fondo Monetario Internacional (FMI), en voz de Christine Lagarde, viene advirtiendo que una guerra comercial inesperada e innecesaria puede terminar lastrando el dinamismo del intercambio global y además de restarle competitividad, dificultará la generación de la riqueza en detrimento del PIB.

La pelota caliente entre Estados Unidos y China, con el resto de las economí­as como observadoras, en esta agria disputa por la gran cancha impactará no nada más en el amplio crisol de la macroeconomí­a lo hará en el sensible tejido de la microeconomí­a.

Allí­ se verán los verdaderos costos y la respuesta, ojo por ojo, que China recién anunció gravando a 128 productos estadounidenses importados por los chinos con normas ad valorem que oscilarán entre el 15% al 25% hasta que sumen 3 mil millones de dólares en aranceles.

El drama es que en la táctica de toda guerra se pulverizan muchos movimientos, pequeñas o grandes batallas en las que cada uno mueve pieza probando su fortaleza, así­ uno ataca y el otro contraataca.

Trump, el bravucón, ya amenazó con imponerle a China más aranceles a sus productos, en la Casa Blanca se estudia la iniciativa de gravar una amplia partida de mercancí­as chinas hasta por un valor de 50 mil millones de dólares. Ninguno de los dos paí­ses saldrá victorioso en esta absurda y ridí­cula acorazada estadounidense resultado de la obcecación e ignorancia de su actual lí­der. Y las ví­ctimas, como pasa en las guerras, serán millones¦ pero millones de consumidores.

Directora de Conexión Hispanoamérica, economista experta en periodismo económico y escritora de temas internacionales