Moneditas de oro

Bien lo dijo el œorgullo de Altamira Cuco Sánchez en su momento: nadie somos monedita de oro para que a todo mundo caigamos bien; inclusive, si fuéramos tan mencionada moneda, seguramente habrí­a quien se inconformara por ello, al no poder gastar el oro en su esencia.

Así­ es la vida, en todo ambiente y con todo tipo de personas.

Cierto que hay quien piensa que es el tipo más agradable del mundo, sin embargo, se olvida del contexto: cuando alguien llega a presidente de la Repíºblica, Gobernador o alcalde, surgen comentarios jocosos en reuniones oficiales y privadas que se hacen con muy poca gracia, es decir: no todos tenemos sangre de comediantes ni todo lo que decimos hace reí­r.

Y en ese tenor, cheque usted cuándo ha visto a alguien que no se rí­a de las palabras del mandatario en turno. De todos ha habido comentarios fuera de la reunión sobre lo poco agradables o poco simpáticos que resultan.

Y las campañas son para convencer, para caer bien, para que la gente vote por uno, y puedan ganar una elección, cualquiera que sea y en el ambiente y nivel que se presente: para eso son.

Entonces, los señores que se dedican a estos menesteres deben entender que no son graciosos cuando dicen cosas poco agradables y sus allegados -lambiscones- sueltan la carcajada.

¿No se darán cuenta que es risa forzada? ¿No habrá alguien que realmente los quiera y les diga que están haciendo el ridí­culo?

Es natural, además, y no tienen por qué sentirse ni perfectos ni grotescos. Todos tienen sus ratos buenos y malos, y hay que entender el contexto y aceptarlo.

Si todos tuvieran la gracia de Eugenio Derbez, otra cosa serí­a, pero salimos a la calle y nos damos cuenta que son tan mortales como cualquiera, y que se rí­en y fastidian como todos, porque los pobres a veces tienen que soportar a los acarreados o esos que nunca faltan que se deshacen en elogios inmerecidos totalmente, y los ponen a la altura de Dios o de lo más sagrado que pudiera haber.

Ni tanto que queme al santo¦ ni tanto que no lo alumbre, dirí­amos, y ellos lo deben entender.

Y parar eso están los asesores, esos que cobran y muy bien por sugerir qué decir, como hacerlo, como conducirse o qué temas tocar en discursos, charlas y demás. Para eso se les paga, no para que digan œsí­ a todo lo que el patrón sugiere.

Deben de recordar que su patrón no es Dios y que en seis años se acaba la gracia extraordinaria que tiene, y vuelve a ser un simple, humilde y sencillo mortal más. Nada extraordinario, nada fuera de este mundo: es un individuo normal.

Y en las campañas, lo que más se aprecia, en definitiva, es cuando le candidato en cuestión se comporta de forma honesta y honorable, sencilla y clara y muestra un interés genuino por las cosas de los demás, y busca, con sus asesores y equipo, la forma de poder subsanar, dar una respuesta satisfactoria o al menos una que tranquilice a quien se ha acercado a él, y de esa forma, obtener su confianza¦ y su voto, que es la primera instancia.

Así­ que, sin el ánimo de querer caer bien con chistes muy œmalitos, los candidatos deberí­an bajar un poco a la calle, a la banqueta, y darse cuenta de cómo pensamos los de a pie, los de œpelito gris, como dirí­a conocida investigadora, y entonces, tener la empatí­a que requieren sus prospectos de votantes.

Eso, sin lugar a dudas, les darí­a autenticidad y les permitirí­a sumar más que cualquier otra acción, porque la gente lo que quiere es ser tomada en cuenta, ser escuchada, ser parte de una necesidad que ha sido atendida.

Y para eso son las campañas, para que cuando lleguen, tengan una visión cometa de lo que quiere la gente, y entonces hagan un plan de acciones congruente y acorde a las necesidades comunitarias.