Nuevo Laredo, Tamaulipas.- Ajenos a los motivos que obligaron a sus padres a salir de ífrica para buscarles un mejor nivel de vida, una decena de niños de entre 5 y 10 años de edad, la mayoría de la Repíºblica Democrática Del Congo (RDC), Angola y otros países de la región central, juegan entre la tierra acumulada en el interior del albergue ˜Amar™ de esta frontera.
Es un juego bélico imaginario, el que es realidad en sus países asolados por las constantes guerras internas que han desplazado de manera forzada a miles en los íºltimos años, para enrolarlos en las filas de grupos armados, o convertirlos en niños de la calle.
En este lugar ubicado en la zona centro de Nuevo Laredo, corren libres y sin el temor de ser reclutados o arrojados a las calles. Así juega Nala, una pequeña de escasos 8 años, de enormes ojos marrones, pelo entrenzado y la piel blancuzca por la tierra acumulada por el juego que realiza al lado de los demás niños africanos.
–¿Cómo te llamas?, le preguntó este reportero tras detener su juego
–œNala, dijo la niña de ojos grandes y llorosos, y cuyo nombre significa ˜exitoso™, ya que surge de la película ˜El Rey León™ de Disney.
–¿Qué te pasó? ¿Por qué lloras?, se le preguntó de nuevo
La niña respondió con palabras casi ininteligibles, debido a una extraña combinación de francés con un dialecto tribal, pero el juego era obvio: Jugaban a la guerra y a persecuciones entre ellos, un juego que para muchos niños en ífrica es una dramática realidad, ya que de acuerdo a reportes de Naciones Unidas, en solo un año más de 150 mil niños de la RDC fueron víctimas de algíºn tipo de violencia física, psicológica o sexual.
Detrás de Nala observaba atenta la plática Makini, cuyo significado de origen Suahili quiere decir ˜encantadora™; tal vez por eso al verla esbozó una enorme, tierna y agradable sonrisa que obligó al reportero a brindarle una caricia en su enredado y terroso cabello, en señal de simpatía.
—¿Qué haces? Se le preguntó
–œJugar¦jugar¦foto, foto¦, fue lo que se le entendió al no hablar español, pero a su señal el resto de los niños se acercaron y posaron todos para una fotografía, como si fuera parte del juego que realizaban entre montones de tierra, una zanja abierta y la mirada atenta de sus padres a escasos veinte metros, y la indiferencia de otros extranjeros que también son atendidos en este peculiar albergue convertido ya en un crisol de diversas culturas y razas.
œSiguen llegando personas de diferentes países, incluso de países de donde antes no habían llegado, pero aquí los atendemos a todos, dice el pastor Aarón Méndez, director del albergue, quien recibe ayuda de diferentes personas y organismos locales, para el apoyo de las más de 100 personas que allí son atendidas.
Se trató de hablar con los padres de algunos de estos niños, pero tal vez por la desconfianza hacia los extraños les motivó a no hacerlo, pero dejaron que sus hijos fueran entrevistados, al saber que no hablan español y poco se les puede entender.
Así, entre señas y palabras muy entrecortadas, los niños accedieron a la plática y a las fotografías, como lo hizo Abatwa, que significa ˜espíritu™ en dialecto Bantíº, quien emocionada por la fotografía, hasta posó dentro desde el interior de una zanja, y le regaló al reportero una simpática sonrisa, mientras detrás suyo otro niño imaginaba hablar por teléfono con un juguete de los muchos que han recibido de altruistas locales.
La mayoría de estos niños vienen de la RDC, y junto con sus familias son parte del 70% de la población que vive en la extrema pobreza, por lo que la esperanza de vida es de 48 años de edad, una de las más bajas del mundo, mientras que la tasa de mortalidad de estos niños es del 19%, una de las más altas, y solo la mitad de entre 6 y 11 años de edad, asiste a la escuela.


