Una ley para todos, sin distingos

No cabe duda de que el tema de los derechos de los ciudadanos siempre tendrá controversia: hay quien piensa que los derechos son positivos mientras cubran mis necesidades sin importar lo que acontece con las de los demás, es decir, con una actitud meramente egoí­sta y falta de solidaridad. El ejemplo más claro son los que se escudan en grupos como ONAPPAFA o UCD que no nos ayudan en nada en una convivencia positiva, y se convierten en cómplices de delincuentes, porque quien viola una ley es en automático un delincuente, sin importar el grado de delito: delito es delito y punto.

Y lo presentamos de la siguiente manera: imagine usted que es de ese enorme grupo que ha comprado en forma ilegal un vehí­culo y lo ha afiliado a este grupo que se dedica, más que a regularizar, a solapar tramposos; ya tiene su carrito y va a comprar sus placas que, por cierto, no siempre son las correctas, porque se ha detectado que va usted por sus placas y usa íºnicamente una, siendo que la otra la pone en otro vehí­culo -delito doble- y confunde a autoridades y ciudadaní­a.

Pero tiene el infortunio de participar en un accidente automovilí­stico en el que la responsabilidad es suya como suele suceder con quienes compran carros sin observar la ley de ningíºn tipo: entonces no tiene compromiso de cubrir los daños que usted ha hecho a un igual, un ciudadano que también, como usted, ha comprado su automóvil con muchos sacrificios -sea nacional o no- y que usted ha afectado en su patrimonio, sabedores que cualquier choque requiere de varios miles de pesos.

Por qué la autoridad solapa que usted no pague los daños a terceros, y en un juicio de daños que emprende en la instancia oficial correspondiente se tarda tanto y difí­cilmente se junta usted con su dinero, su patrimonio. Y quien llevaba su carrito œchocolate piensa que no es justo cobrarles un seguro de daños a terceros como mí­nimo.

¿Donde está la protección a quien sí­ paga impuestos?

No es justo, por donde se vea, que alguien llegue y perjudique tu patrimonio y se vaya tranquilamente porque se le permitió circular en forma irregular.

¿Para qué sirve ONAPPAFA entonces, si cuando choca alguien con placas de esa central o de la UCD o alguna otra no tienen participación ni colaboran para que la justicia sea justa?

Nadie tenemos por qué pagar la inexperiencia de los demás, la ineficacia o la irresponsabilidad, y en ese sentido la autoridad deberí­a ser más estricta y ofrecer a los ciudadanos la certeza, al menos, que se cumplirá la ley.

Pero todos los que chocamos tenemos miedo de que alguien ajeno a la autoridad participe y no se haga justicia.

Todos batallamos para comprar nuestros automóviles: los que pagamos 20 o 25 mil por un carro chocolate o los que gastamos 200, 300 mil o más en un automóvil de modelo reciente y origen legal. Y nadie tiene por qué cuestionar el costo de nuestro vehí­culo: cada uno gasta lo que tiene o quiere y punto.

Inmoral es que uno choque y no se haga responsable: solo hay que voltear los papeles y verá que nada grato es que llegue alguien, te destroce tu patrimonio y se vaya alegremente sin enfrentar su responsabilidad. El problema es que la autoridad competente no es competente y no hace nada por apoyarnos, y eso, sinceramente, deberí­a ser motivo de discusión en el Congreso y en el gobierno, lejos de ver temas superfluos.

Como que los que pagamos impuestos merecemos una respuesta, y los que circulan amparados en la ilegalidad, al menos, debiera obligárseles al seguro de daños a terceros como insustituible requisito.

Insistimos, ante la ineficacia y falta de pericia al manejar, lo menos que debieran hacer es comprar un seguro, y ahí­, la autoridad, garantizarnos que no nos dejarán œchiflando en la loma porque argumentan no tener dinero, ser œpobres, aunque para delinquir no hay estatus ni clase social: el que choca es responsable y se acabó, y debiera hacerse cargo de sus daños, de los causados y tener el valor cí­vico de enfrentar las consecuencias.

Y la autoridad, de hacer cumplir la ley, que es lo que pedimos