A manera de cuento

0

La gran mayorí­a, si no es que todos los niños, más de una vez jugamos a La Escuelita, sin importar la región o paí­s del continente que imagine. Quizá en esos juegos imitamos a los maestros que tení­amos entonces y hablábamos como ellos y nos dirigí­amos a otros niños con la autoridad de los docentes.
Quizá un sinníºmero de mexicanos jamás imagina el ejercicio de ser docente de la escuela primaria, lejos estamos de imaginar las peripecias de un profesor en la ciudad, pero más lejos es imaginar al maestro rural.
Sixto Torres y Sarangel Lindermann, uno autor y el otro editor, publicaron en Facebook esta narrativa, que admito no es propia, pero que nos acerca a una realidad, a una vivencia de los profesionales de la educación mexicana con desempeño rural.
Personajes del gis, quizá muy diferentes a los citadinos en su forma de vestir y hasta de actuar. Pero al fin y al cabo, todos profesores, todos con la intención de enseñar¦ y de paso, educar.
œCuando me gradué de maestro, estaba feliz, iba a ˜prestar mis servicios a la patria™ -enseñanza de los maestros de la Normal- en algíºn pueblo de la geografí­a de México.
Estaba consiente que no llegarí­a a una ciudad, pero imaginaba un pueblo de mediana importancia donde pudiera desarrollar la didáctica, las técnicas de la enseñanza, la psicologí­a educativa, que me habí­an enseñado en la Normal.
Los hijos de campesinos, como yo, solo tení­an ese camino de superación: la Normal, y cuando convertido en profesor salí­, tení­a grandes planes para cambiar al mundo, sobre todo mi mundo, porque iba a ganar dinero, comprarí­a ropa y ayudarí­a a mis padres.
Entusiasta me presenté a la Dirección de Educación de ese estado lejano al propio, donde me mandó la SEP, cuando nos daban plaza, y después de varias horas sentado en las escaleras de la casona vieja y maltrecha, -ahí­ estaban los servicios educativos de la entidad-, junto a muchos jóvenes profesores a quienes fueron llamando para darles su œubicación.
Algunos salí­an contentos, otros tristes, los más indiferentes porque al fin iban a trabajar. A mí­ me ˜asignaron™ un rancho llamado Villa de la Flores.
Me sentí­ triste pero no decepcionado cuando llegué a esa alejada rancherí­a de apenas 7 u 8 casas construidas de varas, carrizo y techo de pencas de maguey. A un lado del ˜caserí­o™ estaba la ˜gran™ escuela que constaba de apenas dos cuartos de adobe; uno era el salón donde atenderí­a a mis alumnos de primero a sexto y el otro cuarto era œla casa del maestro, donde vivirí­a.
Miré la rancherí­a, observé ˜ese mundo™ con una rara combinación de asombro y extrañeza pero¦ ahí­ me habí­a puesto la patria¦ y en mi mente resonaban las palabras del maestro de Técnica de la Enseñanza cuando ˜¦ustedes son los soldados de la patria, van a ir ahí­ donde la patria los necesita¦™
Y claro que Villa de las Flores, el rancho¦ lo necesitaba, por eso me reanimó y con entusiasmo me fui con las autoridades del lugar, quienes abrieron la Casa del Maestro, resguardada con un lazo de ixtle en la puerta.
Solo tuve tiempo para poner sobre ˜la cama™ mi mochila de viaje y casi de inmediato me puse a preparar las cartulinas para las clases, aunque a cada rato suspendí­a mi tarea para atender el saludo de algíºn campesino, quienes se presentaban respetuosos.
Tení­a que ir a la supervisión cada quince dí­as para preguntar si ya habí­a llegado el pago de la ˜quincena™ hasta que transcurrieron tres meses sin sueldo, con el aliciente del supervisor de zona que dijo era comíºn cuando empezabas como œprofe.
Habí­a preocupación, porque en la Normal me enseñaron a dar clase y lo hací­a con mucho gusto, a pesar de atender a los seis grados casi simultáneamente, pero en la Normal no me prepararon para ser el juez de paz, ni doctor, ni confidente o ˜asesor™ agrario¦
Hasta aquí­ este relato que me pareció interesante, porque muchos citadinos desconocemos las que pasa un maestro rural, un joven con bachillerato que entrega sus servicios profesionales de docencia¦ donde la patria le requiere.