Cataluña: la bandera en la farola

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No parece Barcelona, sino Caracas, o quizá alguna ciudad africana convulsionada por una revuelta civil¦ la batalla campal de los íºltimos dos dí­as en la Ciudad Condal rompe la imagen que se tení­a de esta ciudad que todaví­a forma parte de España.

Parecí­a un mal presagio: hace dí­as un militar se quedó enredado en una farola mientras descendí­a con su paracaí­das llevando la bandera española que formaba parte de la pomposa ceremonia en Madrid para celebrar los festejos del Dí­a de la Hispanidad, el pasado 12 de octubre.

Esa bandera rojigualda atorada simboliza la grave crisis de identidad y de pertenencia que muchos de los ciudadanos que habitan en el bello paí­s ibérico sienten hacia España.

Es triste decirlo, pero es una realidad: la rebelión en las calles de Barcelona desatada por miles de personas independentistas y soberanistas (las fuerzas de seguridad hablan más de 40 mil) es una respuesta a la sentencia emitida por el Tribunal Supremo que condenó a penas de entre 9 a 13 años de prisión a 12 polí­ticos-activistas secesionistas participantes y organizadores del referendo ilegal independentista del 1 de octubre de 2017.

Han salido en masa a tomar los espacios píºblicos, no lo han hecho de forma pací­fica, porque pretenden la atención mundial y generar la mayor presión posible para que en la Moncloa esa molestia genere preocupación.

Insisto no es Caracas, ni Quito, ni Uagadugíº, es España, todaví­a esa nación de más de 40 millones de personas que colinda con Portugal, Andorra y Francia, hoy por hoy, se sigue llamando España.

La España que ha padecido en sus carnes con desgarro y con dolor el terrorismo de ETA con su lucha obstinada por la separación del Paí­s Vasco para crear un Estado socialista.

Fue una lucha sanguinaria para sembrar el temor, el odio, el caos, la presión para escindirse, lo hicieron desde 1959 dejando una estela de 829 muertos y más de tres mil heridos hasta que lograron disolverse el 3 de mayo de 2018. Décadas en que millones de españoles y el Estado español sufrieron esa presión independentista, si bien se logró salvar en cierta forma, que vascos y el resto de españoles, no se odien entre sí­.

Se aguantó estoicamente tanto sufrimiento, y cuando se creí­a que al fin habí­a una forma de paz interna duradera mirando hacia la reconciliación, la obsesión catalana -como si existiera una destino manifiesto- no ha hecho más que recrudecer su postura para lograr la independencia de España.

A COLACIí“N

No hay respiro, de la amenaza secesionista terrorista de ETA en el Paí­s Vasco, ahora la agenda nacional está marcada por el desafí­o independentista catalán. Lo hacen además en un pulso constante con el Estado español.

A diferencia del estado de ánimo y el ambiente en el Paí­s Vasco que puede llegar a ser complicado en algunos pueblos vascos, en el caso de Cataluña ha crecido la animadversión hacia la identidad española. Los ví­nculos están rotos¦ fracturados.

Los jóvenes catalanes son el germen del cambio, son ellos el resultado de años y años de ideologización, de educarlos desde las aulas en sus primeros años de vida mamando el catalán, la butifarra, la señera, amando la fideuá, las sardanas y todo sus propios valores mientras desdeñaban cualquier forma, expresión cultural y actividad que les diera identidad con el resto de España.

Allí­ está la muchachada catalana hablando del odio que sienten hacia œlos ocupantes de su territorio, señalando con el dedo œa los invasores de su œpatria; exigiendo que los lí­deres independentistas les den eso exactamente un paí­s¦ su paí­s Cataluña.

Son las generaciones de la secesión pero también son las generaciones más utilizadas de forma maniquea por los lí­deres del destino manifiesto que los están usando como carne de cañón para desbordar los ánimos en las calles. Hasta que haya muertos.

Por lo pronto, hay más de un centenar de heridos civiles, otras varias decenas de policí­as lastimados, un reguero de hogueras en las calles, con ví­as de comunicación boicoteadas; y cientos de viajeros durmiendo en el suelo en el aeropuerto de El Prat porque 108 vuelos, el lunes y 45 el martes, fueron suspendidos porque los rijosos independentistas tomaron el aeropuerto en una batalla campal con las fuerzas de seguridad. Y los turistas qué culpan tienen¦

Directora de Conexión Hispanoamérica, economista experta en periodismo económico y escritora de temas internacionales