Cuando la calle ruge

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El eterno retorno: las avenidas de varias ciudades de la aldea global tiemblan al clamor de miles de manifestantes iracundos y desenfrenados que, al uní­sono, han salido a dejarse ver y sentir a fin de provocar una presión social y polí­tica preponderante.

En los albores del siglo XXI hay una vuelta al activismo callejero como si resucitase la década de 1960 a 1970 cuando el fragor del espí­ritu de las revueltas estaba inspirado contra el intervencionismo militar estadunidense en la Guerra de Vietnam; y a favor de la extensión de los derechos civiles en las personas de raza negra y de las mujeres en general.

La contracultura de ese decenio se convirtió en un fenómeno social que contagió muchas esferas de la actividad humana no solo en Estados Unidos y Reino Unido sino que prácticamente salpicó al mundo occidental.

En los sesentas y setentas, la gente alborotaba fundamentalmente contra el capitalismo yanqui, la guerra de Vietnam y la extensión de los derechos civiles a la población.

Andado el tiempo, cinco décadas después, la rueca de la historia y del tiempo vuelve a girar. Se aprecia una vuelta de ciclo a otro momentum convulso, como si fuese una espiral de repeticiones, un eterno retorno al que refirió constantemente el filósofo alemán Friedrich Nietzsche en sus argumentaciones literarias algunas veces salpicadas de una visión negativa y pesimista.

El cambio de siglo ha traí­do una nueva corriente social bastante virulenta que inició también en las calles, prendió como la pólvora en Tíºnez en 2010 dando origen al fenómeno de la Primavera írabe que se extendió a otros paí­ses musulmanes.

Las multitudinarias protestas que tomaron las ríºas de cientos de ciudades árabes dejaron como consecuencia la caí­da de diversas dictaduras que ni el paso del tiempo habí­a logrado derrocar; lo logró la ira desmedida de la gente echada adelante en turba como si fuese Versalles para derrocar al absolutismo.

Así­ cayeron Hosni Mubarak, en Egipto, en Libia pasó con Muamar Gadafi; en Yemen, renunció Alí­ Abdulá Salén y en otros paí­ses se provocaron cambios como aconteció con Bahréin y Marruecos.

La guerra civil intestina en Siria es también consecuencia de la Primavera írabe, el presidente sirio Bashar Al-Assad, prevalece asido con alfileres al poder gracias a la intervención de Vladimir Putin. El presidente ruso no ha dudado en enviar tropas rusas para sostener al régimen sirio contra los insurgentes y para derrocar al denominado ejército del Estado Islámico (ISIS).

A COLACIí“N

De aquellos polvos estos lodos. Los íºltimos tres años han sido especialmente difí­ciles en varios paí­ses del globo terráqueo debido a la continua concentración de tumultos multitudinarios; ya no es íºnicamente Venezuela con las constantes imágenes de civiles reunidos en las calles en un rí­o de gente vociferando contra el régimen de Nicolás Maduro, la ausencia de libertad de expresión y de derechos humanos en un gobierno que tiene más tintes dictatoriales que democráticos.

La gente está saliendo en masa en otros paí­ses latinoamericanos pero también europeos e inclusive asiáticos para hacer sentir su ira, su frustración, su temor, su descontento en ciernes contra el sistema en sí­ mismo. Se protesta contra el establishment pero también por el cambio climático, por el Brexit que tiene enfrentados a los que quieren la ruptura con la UE contra un contingente masivo posicionado justo en el polo opuesto a favor de un nuevo referendo del Brexit.

Se abronca contra la subida de los impuestos en el precio de los combustibles (Francia); se incendia la calle contra un proyecto de ley de extradición a China (Hong Kong); lo mismo por la eliminación de los subsidios a los combustibles (Ecuador); o el ajuste alcista en el costo del pasaje del metro (Chile) o por una sentencia judicial contra varios polí­ticos catalanes (Barcelona); y por la necesidad de cambios polí­ticos, socioeconómicos y de mayor libertad (Irak y El Lí­bano).

Si bien las marchas están provocadas por distintos motivos, todas coinciden en su enorme violencia no solo contra las fuerzas del Estado sino también contra la infraestructura píºblica, los comercios privados, el inmobiliario y los medios de transporte píºblicos y privados.

Las hogueras así­ como los barracones que transfiguran la imagen citadina escenario de la batahola han dado paso a una cólera desmedida, un panorama de guerra entre fuerzas ciudadanas formadas al calor de los acontecimientos actuando muchas veces como una guerrilla urbana contra la policí­a e inclusive el ejército.

Otra coincidencia interesante subyace en el hecho de que el motivo de la protesta si bien es resarcido por el gobierno atenazado por las exigencias impetuosas, no sirve para amainar el ánimo braví­o de la gente que decide quedarse en una cadena de repetición de eventos concatenados al discurrir de los dí­as, de las semanas o inclusive hasta de los meses.