Rusia y Ucrania en busca de la paz

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En mayo de 2018, la coloquial imagen del presidente de Rusia, Vladimir Putin, conduciendo un camión de carga para cruzar un puente colosal de 19 kilómetros de largo sobre del estrecho de Kertch mostraba al mundo su poderí­o reunificador: apenas hace cuatro años atrás Crimea pertenecí­a a Ucrania, en la actualidad, permanece anexionada a Rusia.

En los íºltimos mil 500 dí­as, el gobierno de Kiev ha mantenido además de un rifirrafe diplomático con el Kremlin, también un intercambio de artillerí­a que a la fecha ha dejado más de 10 mil muertos en la región de Donbás que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) documenta entre soldados ucranianos, milicianos prorrusos y civiles.

En Europa le llaman œel conflicto olvidado por una comunidad internacional rebasada en tensiones geopolí­ticas y que ha dejado a la vera de Rusia la resolución del conflicto, condenando eso sí­, la anexión de Crimea y de Sebastopol acontecida desde el 16 de marzo de 2014 tras la celebración en dichas ciudades (que otrora pertenecieron a Ucrania) de una serie de plebiscitos anexionistas con la Madre Patria Rusia.

Desde el Kremlin, el mandatario Putin defiende que su paí­s nunca ha tomado militarmente parte del vecino paí­s colindante para œanexionárselo y que tanto Crimea como Sebastopol œsus ciudadanos por mayorí­a decidieron en un referendo regresar a formar parte del territorio ruso; el lí­der eslavo, argumenta, que el ejército ruso ha tenido algunas maniobras solo para defender la vida de sus ciudadanos en contra de los agresores.

A Rusia este conflicto le ha costado varios años de bloqueo económico, sanciones comerciales y hostigamiento en Estados Unidos contra inversores y ciudadanos rusos así­ como en otras partes de la Unión Europea (UE); sanciones por parte de la UE, dejar de ser invitado cada año a las reuniones del selecto grupo de paí­ses del G7 y que la propia OTAN ubicase a Rusia como enemigo œinminente de los europeos y por ende, el pretexto perfecto para servir un nuevo rearme.

Uno en el que relocalizar bases estadounidenses en Polonia con moderno equipo antiaéreo, el presidente norteamericano, Donald Trump, ha aventurado que trasladará a mil soldados para una base a la que bautizará como Fuerte Trump.

œSe trata de una decisión que implicarí­a movilizar un nuevo contingente militar que se añadirí­a a los 4 mil soldados que el Pentágono destinó a Polonia debido a un acuerdo alcanzado con la OTAN en 2016 ante la anexión de Crimea.

El desafí­o de Moscíº, a fin de dominar la Pení­nsula de Crimea y el Mar de Azov, es visto como una amenaza real de que emerjan nuevos movimientos prorrusos en las antiguas posesiones territoriales de la extinta Unión Soviética (URSS).

Y los estrategas europeos lo observan desde la ambición de Putin por recuperar la potestad territorial perdida por su nación tras la disolución de las estructuras polí­ticas federales y del gobierno central de la URSS y que derivó “entre 1990 y 1991- en la proclamación de independencia de quince repíºblicas de la Unión Soviética.

A COLACIí“N

Recuperar territorio es también recuperar poder geoestratégico y geoeconómico en muchos de los ricos territorios perdidos dotados con gas, petróleo, recursos minerometalíºrgicos y desde luego con una posición geográfica privilegiada bien por colindar con estrechos y mares importantes para el control de la navegación comercial entre Europa del Este y Asia.

Como por su ubicación dorada en mecanismos de defensa militar y despliegue de bases, así­ como de tropas rusas, en un mundo en el que la Guerra Frí­a 2.0 ha puesto en el punto de mira los modernos escudos antimisiles, la conquista del espacio para su militarización; el rol de los satélites en el control del mundo, el papel de las guerras hí­bridas y la utilización de los drones como artillerí­a de contención y para cazar al enemigo.

Ucrania es uno de esos paí­ses señalados en el mapamundi con una posición privilegiada porque confluyen con varias naciones colindantes o bien porque son una especie de puente entre un continente y otro; o bien, una cultura y otra; acontece con Suiza, Turquí­a, Irán, México, Afganistán, Pakistán, Nigeria y Uganda, paí­ses que tienen un papel clave por su localización geográfica.

Precisamente en Europa del Este, ese papel lo juega Ucrania, un territorio que sin Crimea y Sebastopol suma 576 mil 628 kilómetros cuadrados y que hace frontera con Bielorrusia, Hungrí­a, Moldavia, Polonia, Rumaní­a, Rusia y Eslovaquia así­ como con el Mar Negro y el Mar de Azov.

Ni tan grande, ni tan pequeño, pero adentro de sus tripas con los oleoductos y gasoductos construidos por la larga etapa soviética y que sirven de trasvase de los recursos energéticos que desde Gazprom principalmente son bombeados hacia Europa del Este (sobre todo Alemania) y desde allí­ a otros paí­ses del resto del continente.

La anexión de Crimea y Sebastapol es solo la punta del iceberg de un conflicto delicadí­simo que esconde el miedo de la UE hacia una guerra del gas con Rusia por su interdependencia a la importación de gas, petróleo e hidrocarburos.

Directora de Conexión Hispanoamérica, economista experta en periodismo económico y escritora de temas internacionales