Reseña de una tragedia

Gabriel Garcí­a Márquez Creador de la fantástica novela (Crónica de una muerte anunciada); escribe una historia con un final contado desde el principio; pero que durante la narración va describiendo los hechos hasta llegar al triste desenlace. Santiago Nasar, protagonista de la historia; tiene un sueño premonitorio en el que se deja sutilmente la impresión de lo que vendrá. Heredero de las costumbres de su padre, acostumbraba a dormir con un arma escondida bajo la almohada. Aunque aquel dí­a la descargó y guardó antes de salir de casa.

Santiago le conto el sueño a su madre y después se despidió de ella; salió del cuarto y entró en la cocina a tomar café. La casa era muy grande, habí­a dos puertas; la de enfrente que siempre estaba cerrada, con excepción de algunas ocasiones festivas y la de la parte trasera que era la de uso comíºn. Una vez terminada su taza de café se levantó y se dirigió a la puerta principal, la cual le abrió la sirvienta y que por cierto no activó el cerrojo con la esperanza que se pudiera resguardar de sus asesinos; pues la noticia de la amenaza de muerte ya estaba en boca de todos; a excepción claro, de Santiago Nasar.

A las seis Santiago salí­a de su casa rumbo al puerto; el íºnico lugar abierto era la tienda de leche, en donde estaban Pedro y Pablo Vicario; hermanos gemelos. Clotilde la dueña de lecherí­a; la cual también ya estaba enterada de las negras intenciones de los hermanos Vicario; alcanzó ver pasar a Santiago; al igual que los gemelos; Ella les pidió dejarlo para después, aunque sea por respeto al obispo; estos hicieron caso y guardaron las ganas de cumplir la encomienda para después. Se enterarí­a pronto todo el pueblo de la noticia; de que íngela Vicario, habí­a sido devuelta a la casa de sus padres porque el esposo Bayardo San Román descubrió en la noche de bodas; que ya no era virgen. Se enterarí­an también que acorralada por su familia, confesó el nombre del hombre que la deshonro; Santiago Nasar.

Bayardo San Román, un hombre que llegó al pueblo en un buque con todas sus cosas. Andaba por los treinta años. Llegó al pueblo con una sola intención segíºn lo contó después; andaba en bíºsqueda de una mujer para casarse. Un dí­a vio a íngela y a su madre por la plaza y desde aquel momento intentó llamar su atención, así­ que se dedicó a perseguirla, persuadirla y enamorarla. La familia Vicario acepto la relación; y íngela, aunque no muy convencida, aceptó casarse. La boda se celebró en casa de la familia Vicario; una casa modesta con una terraza en la fachada ocupada casi por completo por macetas y un gran patio trasero con gallinas y árboles y al fondo un criadero de cerdos donde los gemelos trabajaban.

En un reporte de José Oscar Ortega Morí­n se lee: El acto formal terminó a las seis de la tarde cuando se despidieron los invitados de honor. Bayardo se llevó a su joven esposa aterrorizada con la que consumarí­a la noche de bodas. La parranda se dispersó y varios amigos como Cristo Bedoya, Luis Enrique y Santiago Nasar se fueron a continuar la parranda por el pueblo. Los gemelos volvieron a casa un poco antes de las tres de la mañana, llamados de urgencia por su madre. Encontraron a íngela Vicario tumbada bocabajo en un sofá y con la cara macerada a golpes. Uno de los gemelos, Pedro Vicario la levantó y la sentó en la mesa del comedor y le preguntó, temblando de rabia, quien habí­a sido, ella se demoró apenas el tiempo necesario para decir el nombre y el nombre fue Santiago Nasar.

Así­ que se dispusieron a buscar a Santiago por el pueblo; comenzando por la casa de Marí­a Alejandrina, pero allí­ no estaba. Luego lo fueron a buscar en la casa de Clotilde por donde sabí­an que iba a pasar porque era el íºnico sitio abierto. Ahí­ se sentaron a esperarlo y se quedaron dormidos. Después de que su hermana les revelara el nombre pasaron a buscar los dos mejores cuchillos; los envolvieron en unos trapos y se pusieron en camino al mercado de carnes para afilarlos. Llegaron sobre las 3:20, Faustino Santos un carnicero los vio entrar; Pablo dijo vamos a matar a Santiago; Faustino se quedó con la duda; aun así­, le contó esto a un agente de policí­a que posteriormente se lo contarí­a al alcalde.

Para ese entonces ya el pueblo se estaba enterando de la tragedia que se avecinaba; de la amenaza de muerte; y de los motivos que tení­an los gemelos para llevar a cabo su macabro plan; la verdad es que pocos se lo tomaban en serio; aun así­, todos estaban a la expectativa. De camino a la plaza, el coronel Lázaro Aponte, alcalde se encontró con varias personas que le contaron las intenciones de los gemelos Vicario. Los encontró en la tienda de Clotilde, no los interrogó, sólo les quitó los cuchillos y les dijo que se fueran a casa a dormir. Clotilde se llevó una gran desilusión ya que creí­an que los iban a arrestar hasta esclarecer la verdad. Los hermanos Vicario les habí­an contado sus intenciones a más de doce personas.

Clotilde habí­a terminado de vender la leche cuando los hermanos Vicario volvieron con otros dos cuchillos envueltos en periódicos. El padre Amador se dirigí­a hacia al puerto, aunque tení­a la intención de avisar de los rumores a Plácida la madre de Santiago, se le olvidó porque tení­a que preparar todo para recibir al obispo; cuando mataron a Santiago se sintió culpable por no darle el aviso a la madre de Santiago. La autopsia revelo que la muerte de Santiago fue una hemorragia masiva causada por una de las siete heridas que tení­a el cuerpo. Los hermanos Vicario fueron encerrados en la cárcel de Riohacha a solo un dí­a de viaje de Manaure donde viví­a su familia. Para la mayorí­a de la gente sólo hubo una ví­ctima: Bayardo San Román. Suponí­an que los otros protagonistas de la tragedia habí­an cumplido con dignidad y hasta con cierta grandeza. La familia volvió por él y Bayardo se fue del pueblo.

De íngela Vicario se supo que se habí­a comprado una casa con un patio muy grande. Después de 23 años habí­a madurado y se habí­a vuelto ingeniosa. Siempre se negó totalmente a hablar de lo que habí­a ocurrido. La versión de la gente era que quizá íngela estaba protegiendo a alguien a quien amaba de verdad. íngela, que aíºn amaba a Bayardo; se dedicó por años a escribirle cartas, pero fue en vano. Escribió una carta semanal por años; un medio dí­a de agosto mientras bordaba, íngela sintió que alguien llegaba a la puerta; estaba gordo y se le empezaba a caer al pelo, pero era él, Bayardo San Román que habí­a vuelto.

Dijo: bueno estoy aquí­. Llevaba la maleta de la ropa llena para quedarse y otra igual con casi dos mil cartas que ella le habí­a escrito. La mayorí­a pudo hacer algo para impedir el crimen y sin embargo no lo hicieron, se consolaron con el pretexto de que los asuntos de honor son sagrados. Jamás se encontraron pruebas de que Santiago hubiera sido el agresor. Decí­an que ese dí­a la gente regresaba del puerto y tomaba sus posiciones en la plaza como si fuera dí­a de desfile. En la puerta del club Social alguien le dijo al coronel Aponte de las intenciones de los gemelos.

El coronel prometió arreglarlo, pero entró un momento al club a confirmar una partida de dominó de esa misma noche y mientras estaba dentro ocurrió el asesinato. Santiago que salí­a de casa de su novia; al ver a la gente dispuesta alrededor de la plaza; supo del peligro real al que se enfrentaba; se echó a correr hacia a su casa, pero su madre cerró la puerta principal creyendo que su hijo ya estaba dentro. Santiago llegó a golpear varias veces con los puños la puerta pero los gemelos ya habí­an llegado, él se giró y se los encontró allí­ mismo y empezaron a acuchillarle y no pararon hasta verlo caer en el suelo.

Dentro de la casa; Plácida confundida, sólo escuchaba los gritos afuera; pero al creer que sus hijos estaban en su dormitorio no atinó a socorrerle; creyendo que ya habí­a pasado el peligro salió al balcón del dormitorio y vio a Santiago frente a la puerta bocabajo, tratándose de levantar de su propia sangre. Se incorporó y se echó a andar, sosteniendo con las manos las ví­sceras colgantes. Caminó más de cien metros para darle la vuelta a la casa y entrar por la puerta de la cocina. Se cruzó con su vecina Wenefrida Márquez y ella le preguntó que qué le pasaba y él le respondió que lo habí­an matado. Después entró en su casa por la puerta trasera, que estaba abierta desde las seis y se derrumbó de bruces en la cocina.

Finalmente quiero destacar que José í“scar Ortega es arquitecto con estudios de Docencia, además, es alumno de la licenciatura en Historia y Gestión del Patrimonio Cultural en la UAM de Ciencias, Educación y Humanidades (UAT). Ojalá que su reporte de Crónica de una muerte anunciada motive a la buena lectura.