Tomás Balcázar fue un campeonísimo, un hombre al que el futbol le dio sus mejores regalos. œMe entregué pensando nada más en divertirme, decía, casi por íºltima vez, durante la novena investidura del Salón de la Fama. La emoción lo alcanzaba esa noche como en aquella Copa del Mundo de 1954, cuando le hizo un gol a Francia. En su silla de ruedas, Don Tomás recordaba lo que era ganarse la vida jugando a la pelota: œDe ser un don nadie, ustedes me están convirtiendo en un general. Después de varias batallas, el general se fue ayer a los 88 años. Y se despidió como un inmortal, de esos que ya no quedan.
En sus tiempos como jugador, Don Tomás conoció un mundo pintado en blanco y negro. De pequeño, al lado de su mamá, trabajaba en un mercado de Mexicaltzingo vendiendo tortillas. Siempre optimista, se imaginó mil veces haciendo goles con la camiseta de Chivas. A partir de 1949, los festejos fueron reales. Marcó un total de 48 en las 10 temporadas que estuvo. Nunca cambió los colores. Fue campeón de Liga en 1956-57 y también Campeón de Campeones (1957), con amigos, más que compañeros, como Jaime El Tubo Gómez, Guillermo El Tigre Sepíºlveda y Salvador Reyes.
Dicen, los que lo vieron jugar, que Don Tomás era uno de los mejores rematando de cabeza. También, que a las Chivas les dedicó su vida. Una lesión, en la campaña 1954-55, lo alejó del futbol por más de un año, pero había que hacer más para detenerlo. Su camino siguió con el Rebaño hasta 1957-58, cuando volvió al Nacional, el club que le dio su primera oportunidad como amateur. Ahí fue jugador y técnico, antes de incorporarse al grupo de ayudantes del ingeniero Javier de la Torre, con quien construyó las bases del Campeonísimo.
Don Tomás solía tener siempre una sonrisa, una broma, la mano extendida para todos. Repartió amor hasta el final. Algunos recuerdan sus largas noches de bohemia, la cordialidad, la palabra justa, su amor eterno por Lucha, su esposa, por los colores de Chivas y aquel gol que emocionó a los aficionados de México en el Mundial de Suiza 1954, ante Francia. Los más jóvenes dirán que es el abuelo de Javier El Chicharito Hernández, pero Tommy, como le llamaban sus amigos, fue mucho más que eso.
œEl futbol me hizo ser hombre, repetía. Pero el hombre una vez se rompió al ver a su nieto marcarle otro gol a Francia, en el Mundial de Sudáfrica 2010, y luego convertirse en el goleador histórico de la Selección Mexicana. Hace seis meses, viejos héroes como Arrigo Sacchi, Javier Zanetti y Alicia La Pelé Vargas compartieron con él su ingreso al Salón de la Fama. Ese lugar donde sólo habitan las grandes leyendas. Por eso, Don Tomás no quiso despedirse. Se fue para seguir soñando con sus Chivas desde otra dimensión, como uno de los más grandes.
Por Alberto Aceves
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