Antes de la eclosión del coronavirus como amenaza contundente a la salud píºblica evolucionábamos en medio de un tejido de intereses materialistas y de clase que, pensadores como el sociólogo francés, Alain Touraine, desdibujaron bajo una burbuja de dominación económica y de pensamiento social difuminado.
Decir cómo seremos después de la salida de este drama es incierto porque su fenomenología clara la tendremos a partir del mediano al largo plazo cuando puedan ser interpretados (y comparados) diversos indicadores que nos permitan afirmar cuánto en verdad han sido alterados los patrones de conducta colectivos en la era postcoronavirus.
Muy seguramente, en el corto plazo, mucha gente se echará a la calle en cuanto levanten o se relajen las medidas de confinamiento pero al momento en que surja una nueva oleada por Covid-19 “ante la falta de una vacuna- se tomará una mayor conciencia a favor de la autoprotección.
Esta emergencia sanitaria que ha derivado en un cisma económico sin parangón nos enfrenta, a cada uno como personas, contra nuestro propio espejo individual; a lo largo de estos eternos días he escuchado a muchas personas decir que lucharán con todo ahínco por cumplir sus sueños y encontrar su propósito en la vida. Por supuesto es parte fundamental de este encierro que hemos vivido, no en un monasterio de retiro espiritual, sino dentro de las cuatro paredes de nuestros respectivos hogares.
Como sociedad el coronavirus nos ha confrontado igualmente contra nuestros temores seculares, como lo es el fin de la raza humana y la llegada de un apocalipsis que termine exterminándonos -o casi- porque además vivimos en medio de muchas tensiones y constantes roces.
No hace mucho, justo el año pasado, durante sus homilías el Papa Francisco más de una vez pidió calma a los líderes mundiales y recurrió a subrayar la relevancia de la paz al tiempo que llamó a evitar que un mal entendido terminase pulsando el botón de la muerte.
Después está la gestión de la urgencia sanitaria y de la crisis económica que nuestros respectivos líderes políticos han debido confrontar, decidir y administrar.
Y aquí el melón se abre dejando expuesta la mediocridad y la incapacidad de acción y de reacción de varios gobernantes ante un hecho inédito y de tal gravedad como lo es el Covid-19¦ virus que, por cierto, los científicos no conocen ni la mitad de su malignidad.
Si en situaciones normales cundían las críticas contra populistas como Donald Trump, Jair Bolsonaro, Andrés Manuel López Obrador o Boris Johnson con sus actitudes chovinistas, en circunstancias extremas, ha quedado al desnudo su respectiva incapacidad e irresponsabilidad.
Muy fácil de entender: llevan el Titanic y deciden estrellarlo contra el iceberg, ni siquiera se preocupan por tener una estrategia para evitar el menor daño posible.
La insensatez de Trump evitó medidas preventivas entre la población porque su mente está en las elecciones y para ganar otro período en la Casa Blanca hay que vender un programa de gobierno con una economía boyante; la economía primero que la salud le ha hecho hasta cometer verdaderas faltas de respeto como recomendar a la gente beber lejía o jabón.
Mientras en Reino Unido ha sido el propio coronavirus experimentado en las carnes del primer ministro Johnson, lo que ha llevado a ubicar œla salud de la ciudadanía sin riesgo alguno para una vuelta a una normalidad bajo enormes restricciones porque un rebrote masivo es sin lugar a dudas algo indeseable. A Johnson lo ha callado la propia enfermedad, una Desdémona que lo metió en una habitación de cuidados intensivos.
A COLACIí“N
Después están los populistas no anglosajones, fieles al estilo de la política de 1960 imperante en América Latina, de promesas de progreso, menos pobreza y menos hambre sin un programa real que lo permita pero basado en besos, abrazos y discursos cercanos que tanto suelen endulzar a cierta parte de la población.
Al México profundo lo está ayudando el poder diseminado del narcotráfico que reparte despensas entre los que nada tienen imposibilitados por cumplir con una cuarentena en regla porque se nutren de la economía informal y también de la delincuencia.
En Brasil, acontece lo mismo, en las favelas han sido los narcos los que han tomado las medidas de confinamiento y de ayuda a la población ante la negativa de Bolsonaro de ejecutar una cuarentena. En uno y otro caso, un verdadero líder político debe funcionar a cabalidad tanto en las buenas como en las malas¦ et dixit.