Arturo defensor de la libertad y contra la censura

Reynosa Tamaulipas.-Mi teléfono timbró quejoso temprano la mañana del 16 de mayo de 2007. Algo me inquietaba desde dí­as antes. La condición de salud de mi amigo Arturo Solí­s Gómez (qepd). Respondí­ la llamada y era Omar Muñiz, inseparable amigo y asistente de Arturo y me dio la noticia que cayó gélida y cruel:-Hugo, œDon Arthur se nos fue, acaba de fallecer. Me senté en la orilla de la cama y seguí­a escuchando a Omar sin tomarle atención a sus palabras. De inmediato como ola se me vinieron los pensamientos hacia mi maestro y amigo que en ese momento fí­sicamente nos dejaba.

13 años han pasado y aíºn permanece la esencia de Arturo, su defensa “a toda prueba- del respeto a la libertad y el primero en manifestarse contra cualquier intenso de censura o œmanoseo al trabajo profesional de sus reporteros que respetaba y poco le importaba amasar el enojo y represalias de los funcionarios o polí­ticos.

Bien ganada su fama de estricto y exigente en el trabajo, Solí­s Gómez, supe de esa forma especial de forjar el carácter de aquellos que un dí­a llegamos tocando a su puerta, pidiendo el beneficio de la duda y adoptar ese perfil del periodismo que sin duda alguna tiene su mejor exponente en su legado: œEnlineadirecta.Info.

En mi caso personal, recuerdo que estaba Arturo en su oficina- como siempre atareado, como si le faltara tiempo para atender todo- entre que escribí­a y atendí­a llamadas, me habló de sus condiciones para trabajar en su equipo y yo apenas asentí­a y lo miraba como si fuera todo ajeno a mí­ en ese momento, después me dijo: œponte a trabajar y no me falles, así­ selló la naciente relación laboral y me esforcé en cumplir su pedido, por supuesto que el también compensó y demostró su lealtad a sus reporteros.

Cierto es, fue estricto y exigente, pero también con un carisma humano y sensibilidad como pocos, se preocupaba tanto, hasta por un malentendido con algíºn compañero de su cercano equipo de trabajo, era para él motivo de angustia y pesar, solamente cuando todo era aclarado y resarcido el desencuentro, entonces recobraba su ánimo y luminosidad de mirada que sus lentes imposible podí­an ocultar.

El diagnostico de un Cáncer, apenas y logró cambiarlo, obligado por las circunstancias de tener que adaptar su régimen disciplinario, acostumbrado a la hiperactividad y ser auto-suficiente para todo, así­ como independiente, el requiebro en su salud personal lo afecto, pero jamás perdió su sentido del humor y las ganas de vivir para ir cumpliendo sus metas y propósitos que ya habí­a decidido.

Su oficina en CEFPRODHAC y el Noticiero de Radio, del cual fue titular por muchos años, fueron de manera alterna sus pasiones personales de trabajo, así­ como el Servicio Informativo en Internet y el Periódico, que ocuparon su agenda de proyectos e ideas que a cada uno de sus compañeros participo y alentó a sentir esa misma expectativa que tuvo al concretarlos.

Sus llegadas intempestivas a Radio minutos antes de iniciar la edición, verificando y corrigiendo cada detalle, perfeccionista escrupuloso, hábitos que se convirtieron en tan solo parte de la rutina de Carlitos Peña, Anabel Rocha y un servidor, pero después con sus ausencias, esporádicas inicialmente y posteriormente. Frecuentes, esa alegrí­a de esperar verlo llegar e iniciar la sesión detrás del micrófono con su repetitiva frase œBuenas Tardes, Buenas Tardes, nos dolió y nos sigue causando tristeza a quienes a partir de entonces nos resignarnos a su ausencia fí­sica.

Generoso amigo, jefe y compañero, que cuando éramos citados en su oficina, sabí­amos que en el encuentro irremediable vendrí­a un regaño a causa del trabajo, pero después de hacer notar sus observaciones, olvidaba todo como el padre generoso que reprende y luego perdona.

Jamás en estos años de ser un colaborador de Arturo supe lo que fue la censura o la expresión informativa acotada, siempre y sé que aun con problemas y reclamos que en lo personal tuvo que enfrentar, pero fue ante todo un respetuoso y celoso defensor del trabajo de sus compañeros, jamás censuró el trabajo de nadie y tampoco la permití­a bajo ninguna concesión, fue integró en su labor como periodista y solidario ante los ataques a los periodistas, jamás vaciló en pararse frente a oficinas de gobierno para reclamar respeto a la integridad de reporteros, nunca hubo silencio de su parte al denunciar agresiones y acoso al ejercicio que el respetaba y le apasionaba, pero que también nunca fue motivo de exacerbar el oficio ni aceptaba coloquiales calificativos de œperiodista o œinformador, o œlí­der de opinión detestaba tales conceptos y sutilmente pedí­an a sus compañeros y amigos abreviar y llamarlo por su nombre solamente œArturo.

Los meses siguientes al diagnóstico de su cáncer, fueron para todos nosotros la oportunidad junto con él de explorar las fibras más sensibles de Arturo, que nos demostró que esa fama de œbroncudo, œgruñón y œsevero eran tan solo una manta de fachada de su auténtica imagen, infructuosamente intentaba esconder al ser humano sensible al extremo que era, incapaz de contestar el teléfono el dí­a de su cumpleaños, uno o dos dí­as antes se œescapaba se nos perdí­a y así­ evitaba ser blanco de felicitaciones y saludos, se refugiaba en su familia y en su esposa, Amelia Acosta Morales, compañera de sus amenas noches y fiel interlocutora de las charlas en veladas disfrutando de un buen vino de mesa, vinos que en sus veladas familiares y hogareñas Arturo disfrutaba como uno de sus placeres y concesiones personales.

La noche aquella con motivo de su cumpleaños (28 de julio de 2006), sin duda alguna, fue uno de sus mejores momentos de su vida que más disfrutó, aunque también con lo introvertido que era, seguramente sufrió el simple hecho de ser el festejado, enemigo de las excesivas atenciones para con persona, de buena gana Arturo nos hubiera corrido y preferido mil veces la intimidad de su sala al lado de Amelia y disfrutando de una buena copa de vino, pero claro, como era su costumbre, él se excedió en atenciones para todos nosotros y sentimos y fuimos participes de esa velada que quedará en nuestro recuerdo, las fotos y la alegrí­a que denotó son ahora tan solo un abono al dolor que tendremos que mitigar con su ausencia.

Consciente del tiempo correr en su contra, Arturo Solí­s Gómez, decidió a su manera enfrentar su partida, y en ella, nuevamente nos regala un ejemplo de su amor por la vida, difí­cilmente forjada en su niñez al perder tempranamente a su madre.

Nuestros lectores amigos, podrán dar fe de ello, en sus íºltimas columnas œBajo el Reflector, en donde Arturo con œSu perdón, œMis Amigos y œSi esos Sillones Hablaran, representan testimonios del inicio del éxodo fí­sico hacia otras dimensiones celestiales, en donde él sabí­a que por el momento no podrí­amos acompañarlo.

Sus palabras en cada una de esas colaboraciones, reflejan y son la reafirmación de su nobleza humana y sencillez que lo caracterizó, fueron también el grito angustioso de quien esperaba el fatal desenlace, rebeldí­a y llanto rabioso ante lo inexorable, pero también la entrega total de su vida y amistad a todos sus amigos, a quienes lo acompañaron y fueron parte crucial de ella, vida que entregó esa soleada mañana de Mayo de hace 13 años, fueron su rendimiento de cuentas píºblico y el balance de su vida ante todos nosotros.