Europa mira a Putin con recelos

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Si en el mundo, en su geopolítica actual hay diversos escenarios de alta tensión, a la cantidad de frentes abiertos hay dos en particular que involucran una peligrosa política de roces: Estados Unidos-Taiwán-China con la geoestrategia del control del Indo-Pacífico y Estados Unidos-Ucrania-Rusia con la geoestrategia del control del Mar Negro.

Ucrania es uno de esos países señalados en el mapamundi con una posición privilegiada porque confluye con varias naciones: Bielorrusia, Hungría, Moldavia, Polonia, Rumanía, Rusia y Eslovaquia.

La nueva reunión urgentísima entre Anthony Blinken, secretario de Estado de Estados Unidos y  Serguéi Lavrov, titular de Exteriores de Rusia, en el marco de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa foro organizado en Estocolmo  (jueves 2 de diciembre) sirvió para marcar las líneas rojas previas al encuentro telemático (martes 7 de diciembre) entre los mandatarios Biden y Putin.

Si Blinken dijo que Moscú “pagará un alto precio si persiste la confrontación” y señaló a Rusia de no cumplir con los Acuerdos de Minsk en aras de mantener la paz en la región; en contraparte, Lavrov exigió garantías de largo plazo basadas en un nuevo pacto de seguridad que sería firmado con Europa y que el Kremlin estaría elaborando.

En él se recogerían una serie de puntos que para Putin son fundamentales para velar por la integridad y protección del territorio ruso y que pasan, esencialmente, por dos aristas: 1) Evitar que, tarde o temprano, Ucrania sea miembro de la OTAN; y, 2) garantizar que no serán instalados sistemas de misiles de corto alcance en dicho país, ni bases militares norteamericanas lo que para, Rusia, significaría una grave amenaza.

Para el presidente Biden, si persisten las intenciones de Rusia habrá que aplicar “las sanciones económicas más duras”  que podrían tener un fuerte  consenso entre los aliados.

Pero de sanciones, la Rusia de Putin lleva ya varios años con ese jarabe sobre todo a raíz de la adhesión de Crimea que aconteció, entre el 20 de febrero de 2014 y el 26 de marzo de dicho año,  con la ciudad de Sebastopol también declarándose miembro de la Federación de Rusia.

En ese marco, Biden era vicepresidente durante la Administración del mandatario Barack Obama que, junto con la UE, no reconocieron la adhesión y reclamaron el respeto a la soberanía e integridad territorial de Ucrania. La ONU también emitió varias condenas y si bien le fueron impuestas una serie de medidas económicas y políticas contra Rusia como el veto de participar en las reuniones del G7; a pesar de las sanciones comerciales, el régimen de Putin no ha devuelto nada, es más  en plena pandemia –el 27 de agosto de 2020– el propio líder del Kremlin, asistió a inaugurar la principal autopista de Crimea que une Kerch con Sebastopol.

A COLACIÓN

Ucrania para Rusia, es mucho más que un país vecino, afirma Pedro González, porque prácticamente  es parte de la esencia del ser mismo del ruso porque “no hay que olvidar” que Rusia nace en el Rus de Kiev.

Hace unos días hablé con González quien escribe de geopolítica  y para él la personalidad de Putin pasa por ser “uno de los mayores expertos políticos mundiales” en saber testar hasta dónde puede llegar la capacidad del adversario.

En su opinión, para esta columna, el líder ruso lo lleva haciendo desde hace varios años, en prácticamente todo Occidente pero sobre todo con Europa, midiendo hasta dónde puede llegar anticipando qué respuesta tendría.

En estos momentos hay mucha incertidumbre, nadie sabe si las intenciones del Kremlin de invadir Ucrania el próximo año son certeras o tan solo un farol para presionar a la UE y a la Casa Blanca en aras de un nuevo pacto de seguridad. Putin es impredecible…

No obstante, el movimiento de Moscú, con la intención de dominar la Península de Crimea y el Mar de Azov, es visto como una amenaza real de que emerjan nuevos movimientos prorrusos en las antiguas posesiones territoriales de la extinta Unión Soviética (URSS).

Y los estrategas europeos lo observan desde la ambición del mandatario Putin por recobrar la potestad territorial perdida por su nación tras la disolución de las estructuras políticas federales y del gobierno central de la URSS y que derivó –entre 1990 y 1991– en la proclamación de independencia de quince repúblicas de la Unión Soviética.

Recuperar territorio es también recuperar poder geoestratégico y geoeconómico en muchos de los ricos territorios perdidos dotados con gas, petróleo, recursos minerometalúrgicos y desde luego con una posición geográfica  privilegiada bien por colindar con estrechos y mares importantes para el control de la navegación comercial entre Europa del Este y Asia.