Como la guerra de Trump no termine pronto, el camino de Europa apunta hacia la estanflación. Ya diversas economías empiezan a mostrar sus vulnerabilidades a la exposición de este conflicto bélico que ha provocado dos crisis gemelas: una en el mercado del petróleo y, otra, en el mercado del gas.
La economía británica va camino del racionamiento con una caída de su PIB y una inflación que podría cerrar este año en torno al 4.6%; otro país también muy expuesto es Alemania, cuya recesión se avizora a la vuelta de la esquina. Hasta, España, que lleva años siendo la economía mejor parada de la Unión Europea, tiene estimaciones de un menor crecimiento que podría bajar al 2% con una inflación del 3 por ciento.
El FMI y la OCDE ya avisaron que como se prolongue otro mes la guerra, comenzarán a reajustar a la baja sus previsiones del PIB mundial con una contracción del comercio global.
En las proyecciones del Fondo Monetario Internacional, el PIB mundial tenía una estimación de 3.3% para este año, sin considerar el escenario actual de la guerra en Irán. En el contexto actual, serán restadas décimas de crecimiento global en la medida que Estados Unidos e Israel alarguen los bombardeos contra Irán.
Hay muchos factores en juego más allá del impacto de las bombas y los misiles que van dejando cientos de muertos. Mientras Irán se defiende con misiles y drones baratos, predomina un consenso entre los analistas: una guerra superior a las cuatro semanas jugará en contra de la economía estadounidense; y, en buena medida, de la economía global.
El impacto en la geoeconomía dependerá de la duración del shock de oferta en los hidrocarburos y del tiempo que se prolonguen los petroprecios por encima de los 100 dólares.
Si los combates intensos terminan en tres o cuatro semanas, el shock podría ser temporal. Sin embargo, una guerra más larga corre el riesgo de dejar cicatrices más profundas: interrumpir los flujos de energía; inquietar a los inversores; profundizar las caídas en las bolsas y elevar la inflación en la mayoría de las economías mientras el crecimiento se ralentiza y aparece el fantasma de la estanflación.
La estrategia defensiva y ofensiva iraní, pasa por internacionalizar el conflicto bélico, lanzando misiles económicos al impedir que salga del estrecho de Ormuz el 20% del suministro de petróleo mundial diario. Solo pueden navegar los petroleros que van a China y a India.
Esos misiles son bombas económicas en los bolsillos de todos los productores y consumidores. También, Irán ha dado un paso para regionalizar la guerra atacando a los países del Golfo Pérsico con drones que causan estragos en su reputada actividad turística; y, también, atacando a la industria energética para reducir la producción de petróleo.
El precio del petróleo lleva más de 12 días por encima de los 100 dólares el barril, a pesar de la liberación de hasta 400 millones de barriles de petróleo, anunciada por la Agencia Internacional de la Energía. Este anuncio, que significa incrementar la oferta de petróleo, no ha logrado el efecto necesario: contener los petroprecios y mantenerlos por debajo de los 100 dólares el barril.
A COLACIÓN
Los analistas observan el desarrollo del conflicto con cautela. La misma que, en su momento, desató la invasión de las tropas rusas en Ucrania, el 24 de febrero de 2022: ese evento provocó que el precio del petróleo subiese hasta los 123 dólares.
En el conflicto bélico con Irán, los precios de los hidrocarburos se mantienen oscilantes: unas veces bajan hasta los 92 dólares; vuelven a subir cuando hay más tensión hasta los 119 dólares y luego reducen a los 102 o 103 dólares.
Estos picos de precios se traducen inmediatamente en consecuencias económicas más amplias con mayores costos de transporte; aumento de los gastos de fabricación; incremento en los precios de la electricidad y, en última instancia, una inflación más alta.
Es por ello que una de las mayores inquietudes tiene que ver con el riesgo potencial, de esta guerra, de provocar una estanflación: es decir, inflación elevada por varios meses mientras el crecimiento económico es nulo e incluso negativo.
Los economistas del FMI advierten que, por cada aumento de 10% en el precio del petróleo, puede subir la inflación en 0.4% y contraer el crecimiento en 0.2 por ciento.
Ya hay países vulnerables hacia el shock energético como Reino Unido: desde el gobierno del primer ministro, Keir Starmer, indican que, si la guerra contra Irán sigue prolongándose y con ello la obstrucción de los buques petroleros en el estrecho de Ormuz, la economía británica caerá en recesión con una inflación que, para final de 2026, podría llegar a 6 por ciento. “La destrucción de puestos de trabajo sería inminente”.