Dicen que el tamaño de un hombre se mide por sus acciones.
Frase muy cierta, justa y bien aplicada cuando se pone en el foco a un personaje de la política tamaulipeca que hoy está en desgracia.
Y es que un accidente automovilístico lo coloco entre la delgada línea que divide a la vida de la muerte, aunque según el último reporte sobre su salud permanece estable.
El nunca se entero, pero existió una persona que se llenaba la boca de agradecimiento cada vez que pronunciaba su nombre.
Un nativo del Distrito Federal que encontró en Ciudad Victoria lo que nunca logro en la capital mexicana, donde nadie la abrió la puerta.
Entonces aquí surgió el nombre de él, del dirigente de un modesto partido de oposición humano, solidario y entregado a las causas que cree justas porque está fabricado con buena madera.
Su condición humilde lo hace capaz de tomar entre sus manos el dolor ajeno y apretarlo como si fuera el propio.
Un día frío, a las 6 de la mañana, allí estaba él al frente del enorme contingente de personas con gafas negras, con bastón y apoyados en el hombro de sus familiares ya preparados para emprender el viaje.
De aquella fila de personas minusválidas que se acercaron a él y que creyeron en la famosa “Operación Milagro”, la que gratuitamente durante muchos años hizo suya el Partido del Trabajo y que constituyó la última esperanza para que muchos invidentes con remedio recobraran su capacidad visual.
El destino era la ciudad de la Habana, Cuba, luego de que el avión partió desde Monterrey, donde asesores y voluntarios de este valioso político de oposición se encargaron de custodiar a los pacientes y después colocarlos en las manos de médicos expertos que multiplicaron su esfuerzo para entregar buenos resultados.
Fueron 30 días en la isla caribeña, un mes de estudios y de aprendizaje para los pacientes que nunca olvidaran, sobre todo aquellos que lograron ver nuevamente la luz.
Cómo recuerdo cuando mi cuñado, Luis Galindo Rivera, uno de los pacientes, me contaba a su regreso sus travesías y las travesuras que vivió en los dominios del entonces líder Fidel Castro, a pesar de que por su condición fue imposible que recuperara la vista.
Del peculiar sonido que hacen las olas al chocar con el malecón, del sabroso acento de la voz de los hermanos cubanos, de las bromas que le gastaron las morenas caribeñas cada que se hacía un traslado, de la sabrosa música, de la trova, de los sones y del merengue que lo obligaba a chocar las palmas con alegría y con ritmo.
De lo que escuchaba a su paso sobre las limitaciones propias de una dictadura y de los titánicos esfuerzos que hacían los médicos para allegarse medicamentos como consecuencia del bloqueo económico que sufren desde hace muchas décadas.
Luis regresó y no se sintió derrotado, por el contrario aquel viaje marco su vida, la cual terminó unos años después.
Por eso y más para él siempre fue sagrado el nombre del diputado Alejandro Ceniceros Martínez, un hombre que nunca conoció más que por su voz porque su limitación visual se lo impidió.
Un político que le tendió la mano generoso y sin regateos, por eso se gano su respeto y admiración.
Hoy el diputado Alejandro yace en una camilla de hospital y sé que desde el lugar en que se encuentra Luis reza por él junto con aquella masa de pacientes que lo acompaño a Cuba en la “Operación Milagro”, en aquella aventura que no arrojo ni ganadores ni perdedores, solo titanes a los que nunca se vence.
Luis ya no está aquí y sus compañeros de jornada aun preguntan por él y por Don Alejandro, porque es una persona que se cuece aparte.
El agradecimiento de ellos, el mío y de todos aquellos que se encontrara en el camino y que les extenderá la mano, porque esa es para él una misión.
Y rogamos que supere esta etapa porque con personas como usted.
El mundo es más interesante.
Correo electrónico; [email protected]