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Vivir sin orgasmos; ¿culpa de él o de ella?

Natalia Gómez Quintero
El Universal

Entre 30% y 40% de las mexicanas nunca o rara vez lo han sentido, según una encuesta, a causa de barreras psicológicas

Marcela está casada desde hace más de 10 años y nunca lo ha sentido; Adriana supo lo que era hasta los 55 años y Josefina murió sin saber acerca de esta experiencia. Todas ellas son mujeres que forman parte de las estadísticas que señalan que entre 30% y 40% de las mexicanas nunca o rara vez han sentido un orgasmo, de acuerdo con datos de una encuesta realizada por el Instituto Mexicano de Sexología.

En el extremo, la ciencia habla de que existen mujeres que pueden experimentar hasta más de 30 orgasmos durante un encuentro sexual, según señala a KIOSKO el experto Carlos Beyer, jefe del Laboratorio de Tlaxcala del Centro de Investigación y Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional.

Sentimiento de culpa por sentir placer o vergüenza, concebir el acto sexual como un pecado, falta de entrega plena a la experiencia, cuidar sus posturas (no gemir, no gritar), autodesconocimiento del cuerpo femenino y hacer una revisión de sus sentimientos durante el acto sexual, hace que las mujeres se queden a dos segundos de estallar en el orgasmo, coinciden los especialistas.

No es una patología

José de Jesús González Salazar, del Grupo Interdisciplinario de Sexología, explica que aunque la falta de orgasmos no es una patología, sí representa la ausencia de una vida sexual plena.

Sin embargo, “una mujer bien puede vivir hasta la muerte incluso con la sensación de tener placer sexual, sin haber experimentado un orgasmo, pues se valoran otros aspectos en la relación”, señala Carlos Beyer.

A los obstáculos psicológicos y culturales para experimentar un orgasmo puede agregarse la inadecuada excitación que lubrique la vagina o padecer un vaginismo (músculos estrechos en la vagina), así como un proceso infeccioso que provoque irritación o dolor durante la relación sexual, explica por su parte el ginecólogo Mauricio Osorio.

La falta de lubricación durante una relación también se debe a una carencia hormonal, en las jóvenes llamada falla ovárica prematura y en las adultas porque se presenta la menopausia.

De acuerdo con el sexólogo Francisco Delfín, un compañero inhábil o avaro en las caricias, con eyaculación precoz o con disfunción eréctil, también puede ser causa de la anorgasmia.

José Eduardo Tappan, doctor en antropología y psicoanálisis, junto con González Salazar, coinciden en que el orgasmo se enmarca en la cultura machista y por ende falocéntrica -donde se basa la obtención del placer sexual en la penetración-, lo que ha contribuido a que este tipo de disfunciones aumente.

Lo cierto es que cuando una persona está preocupada o tiene un deseo intenso de querer llegar al orgasmo pierde la intención de disfrutar y la anorgasmia llega. “Hay mujeres que alcanzan el orgasmo con puros besos o fantasías”, explica el sexólogo González Salazar, quien asegura que una pareja luego de diez sesiones en terapia puede alcanzar un orgasmo placentero.

Tappan dice que una de las raíces de la insatisfacción sexual o de la no apropiación del orgasmo se origina a partir de la inexistencia de palabras que lo definan como tal, pues las que hay son asociadas con las percepciones de los hombres.

“Me vine, me voy a venir”, son frases que hacen referencia explícitamente a la eyaculación del hombre, por lo que se necesita una generación de conceptos propios para la mujer y entrañar con ello en la cultura la sexualidad femenina.

La anorgasmia puede ser primaria en el caso de que la mujer nunca haya experimentado un orgasmo, o secundaria cuando luego de haber tenido orgasmos con normalidad se dejen de experimentar de forma recurrente. Las cifras de esta disfunsión pueden crecer debido a que las mujeres piensan que sentirse húmedas y gemir tantito es un orgasmo.

Lo primero, reconocer el problema

Los especialistas indican que para atender la disfunción lo primero es que la mujer reconozca que tiene un problema, y después trabajar en el autoconocimiento de su cuerpo, pues según el Centro Universitario de Ciencias de la Salud (CUCS) de Guadalajara, 70% de las mujeres desconoce su cuerpo.

Ya sea en pareja o por masturbación, cuando se experimenta anorgasmia puede, sin embargo, sentirse excitación, pero tras los diversos intentos no llegar al orgasmo. Esta disfunción puede ser total (tanto vaginal como clitoridea), o parcial (sólo clitoridea o sólo vaginal).

La encuesta “Satisfacción y actitudes sexuales de los mexicanos”, hecha por los laboratorios Pfizer a principios de 2009, señala que 74% de hombres y mujeres alcanzan el orgasmo.

“Hay malos amantes”, fue la conclusión a la que un grupo de cinco amigas llegó, tras hacerse la confidencia de que pocas veces sentían durante sus relaciones sexuales un orgasmo acompañado de un desvanecimiento, pérdida o hundimiento. “Ellas son las frígidas”, son los argumentos que los hombres responden ante una acusación de este tipo. No obstante, según los estudios del CUCS, 60% de las mujeres finge el momento del clímax durante el coito.

Lo cierto es que se dice como frase popular entre los sexólogos que “el orgasmo es de quien lo trabaja”. Subrayan que llegar a él es una cuestión personal que se basa en la comunicación en pareja, todo ello con el fin de que lleguen las caricias estimulantes, la excitación, los ritmos en movimientos pélvicos y, finalmente, el orgasmo.

Diversas causas

La Asociación Mexicana de Salud Sexual señala en un documento que la anorgasmia es una disfunción sexual que por lo regular presenta diversos síntomas durante un tiempo considerable y en varias ocasiones, que pueden tener origen biológico, psicológico o cultural.

“Cuando sucede un orgasmo en una mujer, su vagina palpita rápidamente durante unos cuantos segundos. Además, usualmente experimenta al tiempo de las contracciones vaginales sensaciones placenteras muy intensas y posiblemente una sensación posterior de estar satisfecha sexualmente. Estas dos dimensiones, la física y las sensaciones, se ven alteradas y/o ausentes en la anorgasmia femenina”, dice el texto.

Pero el orgasmo no es lo mismo para todas las mexicanas. Hay culturas en las que el sentido del placer, más allá de ser cercenado físicamente con la extirpación del clítoris como en otras regiones del mundo, se extrae de la mente.

“Existen zonas campesinas en donde impera la misoginia y el coito es para el hombre simplemente meter el pene y eyacular, no hay tiempos de intimidad para la caricia o los besos, las condiciones en las que se practica la sexualidad no son muy higiénicas por lo que se renuncia aplacer o a la satisfacción”, señala el doctor José Eduardo Tappan.

Las mujeres tzotziles-zinacantecas, un grupo indígena de Chiapas, lo viven como una “muerte chiquita” (petit mort) de la que se tienen que curar. El iloletic o chamán comunitario llega a un buen acuerdo con el espíritu de la mujer para que no experimente más esta sensación, explica Tappan, basado en un trabajo de campo realizado en ese estado.

El cerebro se fija en los ojos para reconocer una cara

Un estudio analiza las partes del rostro que son clave para extraer información identificativa

Cuando dicen que cuando miramos a una persona nos fijamos primero en sus ojos, detrás de este hecho puede haber escondidas razones más bien prácticas que románticas. De hecho, el cerebro humano siempre se fija primero en los ojos a la hora de reconocer una cara, según el estudio teórico que Matthias S. Keil, investigador del departamento de Psicología Básica de la Universidad de Barcelona (UB), ha publicado en la revista en internet PLoS Computational Biology. El trabajo ha analizado qué partes de la cara son más importantes para el cerebro para que extraiga información identificativa.

Los componentes que constituyen una imagen son conocidos como frecuencias espaciales. Muchos experimentos psicofísicos demostraron hace años que para reconocer caras, el cerebro utiliza sobre todo las frecuencias espaciales bajas, es decir, resoluciones bajas de la imagen. Las frecuencias espaciales altas de una imagen corresponden a los detalles finos de una imagen. Por este motivo, cuando nos alejamos de la imagen de una persona, lo primero que perdemos de vista son esos detalles finos, mientras que podemos continuar visualizando las frecuencias espaciales bajas. El estudio de Keil sugiere que esta preferencia por una frecuencia espacial baja refleja la adaptación del mecanismo cerebral encargado del reconocimiento de las caras para conseguir la máxima información posible.

El investigador de la UB analizó 868 rostros de hombres y otros tantos de mujeres con la idea de encontrar regularidades estadísticas comunes entre las imágenes. Se sirvió de un modelo visual del cerebro como herramienta de análisis de estas imágenes, considerando todas las frecuencias espaciales por igual. Y el resultado ha sido que la información más útil se obtiene de las imágenes cuando su resolución es de alrededor de 36 x 36 píxeles. En este sentido, las imágenes de los ojos son las que proporcionan la mayor relación entre la señal y el ruido; es decir, proporcionan la información más fiable y robusta al cerebro, por encima de la que se obtiene de las imágenes de la nariz y las orejas, explica Keil. Según el estudio, los datos clave para el reconocimiento están, en primer lugar, en los ojos, y después, en la forma de la boca y de la nariz.

Keil nos pide que imaginemos la fotografía de la cara de un amigo. Lógicamente, podemos llegar a pensar que cada detalle cuenta mucho a la hora de reconocerlo. Pues no. Numerosos experimentos han demostrado que el cerebro prefiere una resolución tosca, sin importar la distancia a la que se encuentre una cara. De forma que una pequeña fotografía rectangular de 30 x 40 píxeles de ancho, mostrando sólo la banda de los ojos, es óptima para conseguir la identificación del colega.

En un anterior trabajo, Keil ya anticipaba que los sistemas de reconocimiento facial artificial proporcionan las mejores tasas de identificación cuando procesan imágenes pequeñas. “Parece que funciona igual que en los humanos: las mejores tasas de reconocimiento se obtienen cuando nos quedamos con imágenes de pocos píxeles y eso significa que si quiero incrementar la fiabilidad de un sistema de reconocimiento de caras, como los utilizados en aeropuertos, es una buena idea utilizar esas pequeñas imágenes y no utilizar imágenes más grandes”, afirma. El investigador está trabajando en el autismo, un trastorno “que parece estar relacionado con la capacidad de reconocer caras desde la infancia”.

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