Razón vs emoción

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Éste es, sin duda, un tema que nunca perderá vigencia; siempre nos estamos cuestionando acerca de la forma en que tenemos que actuar, tomar decisiones, reaccionar ante ciertas circunstancias, y tal pareciera que el dilema principal que se nos presenta transcurre entre tomar el camino racional o el camino emocional, como si de alguna forma existiera una polaridad entre estos dos términos que permitiera elegir uno sobre el otro.

Incluso, hay ocasiones en las que calificamos nuestras decisiones a partir de estos términos; cuántas veces no hemos dicho que una decisión que tomamos fue demasiado racional o completamente emocional, y desde ahí partimos para justificar y encarar las consecuencias ante tal decisión, comenta el Psic. Bernardo Lanzagorta de la Clínica de Asistencia de la Sociedad Psicoanalítica de México (SPM).

Pero valdría la pena primero revisar estos conceptos para ver si realmente se encuentran tan polarizados. El primer tema para discutir podría partir de nuestra propia neuroanatomía. Algunos podrían pensar que esta polaridad puede estar situada en el propio cerebro, dejando al hemisferio izquierdo las funciones racionales y al derecho las emocionales; pero ésta no sería una concepción del todo acertada. Si bien el hemisferio izquierdo está ligado a funciones analíticas ligadas, en cierta forma, a lenguajes más estructurados, el hemisferio derecho no se ocupa de lo emocional sino de lo creativo; así es como ambos hemisferios se comunican entre sí, en función de encontrar soluciones a las circunstancias, problemas y planteamientos de la vida.

Las áreas que se relacionan al registro y procesamiento de emociones están principalmente en las partes más profundas y primitivas del cerebro, manteniendo contacto constante con todas las demás estructuras.

Entonces, lo que puede observarse desde el punto de vista neuroanatómico es que las decisiones y acciones que tomamos y actuamos provienen de un procesamiento tanto emocional como racional, utilizando funciones estructuradas y creativas al mismo tiempo; de ahí viene la complejidad en la capacidad de respuesta que logramos tener. En pocas palabras, no existe algo como una decisión totalmente racional o una decisión totalmente emocional; y el proceso de decisión siempre se verá entintado por ambas, por mucho que nos gustaría pensar que podemos controlarlo.

No existe en realidad un contexto específico en el cual se pudiera distinguir entre una u otra forma de decidir; pensemos realmente cuándo fue la última vez que tomamos una decisión totalmente racional, sin tomar en cuenta lo que nos pudiera provocar esa decisión en el campo emocional; o viceversa, es imposible porque toda decisión exige una elaboración en ambos campos, no podemos desconectarnos.

Es interesante ver que la mayor parte de las decisiones que tomamos con el dinero contienen un fuerte tinte emocional, si gastamos en algo que nos gusta, si nos enoja perderlo, si queremos tener más o menos que alguien, etc. Y de igual forma parece que las decisiones relacionadas con nuestra vida sentimental están fuertemente influenciadas por lo racional, en lugar de ver si queremos o no a la persona, pensamos en cuánto tiempo nos dedica, con quién está, si nos conviene, etc. Y bueno, si vemos que resulta imposible descartar entre un camino racional y uno emocional puro para tomar decisiones, ¿tenemos alguna herramienta para poder tomar decisiones con mayor conciencia, o no? Claro que la tenemos!

Lo que sí podemos hacer es entender la direccionalidad y fuerza que queremos darle a nuestras decisiones; es decir, si bien ya vimos que las decisiones que tomamos siempre tendrán un componente racional así como uno emocional (muchas veces sin darnos plena cuenta de éstas) en lo que sí podemos reflexionar es en cuanto a su dirección; es decir, hacia quién va dirigida la decisión: la hago tomando en cuenta a todos los demás, solamente a mí, a un grupo, y por qué, así como la fuerza de las mismas: queremos que sea contundente, queremos negociarla, queremos que intervenga alguien o algo en nuestra decisión …

A la luz de estos sencillos puntos es mucho más fácil entender el tipo de decisiones que tomamos, independientemente de si son más o menos racionales o emocionales, y podemos observarlas en virtud de los resultados que obtenemos de éstas.

La mayor parte de las decisiones tendrán tal vez más de un componente de los mencionados con anterioridad, pero entonces lo que hay que hacer es dar prioridades y jerarquías; por ejemplo: yo ya decidí que mi respuesta será tomándome en cuenta a mí, pero quiero que los demás también tengan cierto beneficio. La jerarquía más alta recaerá sobre mí y luego sobre los demás en esta decisión, y si quiero que sea contundente no voy a estar abierto al diálogo; por otro lado, si quiero contundencia pero también la opinión de los demás entonces expreso las jerarquías de manera que quede claro que mi respuesta puede ser modificada pero que es poco probable.

Así, el planteamiento sugiere tomar cada decisión como un conjunto de mini-decisiones que se van tomando poco a poco antes de exponer una respuesta final, la ventaja es que cada uno de los momentos de reflexión pueden proporcionar mayor perspectiva o, incluso, causar una reflexión mayor con respecto a la decisión final, haciendo de ésta una respuesta mucho más estudiada y, por lo tanto, más consciente por parte de nosotros.

Fuente:
cronica.com.mx